Oliver Stone, director de cine
Oliver Stone incorpora siempre la crítica política en sus obras. GTRES

Oliver Stone ha tenido un verano muy ocupado y así encara el otoño. Y eso que, como otros tantos cineastas de su generación, lamenta que cada vez haya menos posibilidades de financiación para sus proyectos. Precisamente han sido dos trabajos pasados los que lo mantienen activo. Por un lado presenta el montaje definitivo de Alejandro Magno, el ambicioso drama histórico que estrenó en 2004 con Colin Farrell y Angelina Jolie. Cosechó pésimas críticas y un escaso interés por parte de la audiencia. "Aun así, lo considero uno de mis títulos favoritos de mi filmografía", reconoce, y en esta entrevista nos explica el porqué.

Ni tan siquiera el responsable de Wall Street puede librarse de las presiones económicas ni del juego capitalista de los estudios, que lo obligaron a contar la historia del legendario rey macedonio en muchos menos minutos de los que había rodado. Desde entonces, tiene una deuda pendiente con el proyecto. Trató de reconstruirlo en 2007 y ahora, en un nuevo intento que asegura que es el definitivo, está proyectando el resultado final en festivales internacionales, con la intención de comercializarlo en 2014. También se ha convertido en un asunto personal su compromiso con Untold History of the United States, polémica serie de televisión que aborda, en diez capítulos, una compleja revisión de los siglos XX y XXI estadounidenses. Para ello, el director de Platoon, Nacido el 4 de julio y JFK  ha invertido casi cinco años de investigación junto al historiador Peter Kuznick. El resultado final narra los grandes sucesos que han definido a la nación tras la Segunda Guerra Mundial, analizando desde el uso de armas nucleares a la actual Administración de Barack Obama. Como era de esperar, la postura crítica de Stone ha levantado ampollas desde que la serie comenzó a emitirse en el canal de pago Showtime. Ahora se lanza en otros canales internacionales y en DVD, también en Europa.

Su oposición a la política interior y exterior de su país cuenta con una determinación que solo poseen los conversos. Criado en un entorno republicano, compartió aula en la elitista Universidad de Yale con George W. Bush. No fue hasta alcanzada la madurez cuando Stone comenzó a cuestionar los movimientos esenciales de su país. "Mi padre trabajó en Wall Street cuando Wall Street tenía una razón de ser. Con el tiempo, todo aquello se corrompió", explica. En el momento de ser premiado por su contribución al séptimo arte con el Crystal Globe del reciente Festival de Cine de Karlovy Vary (República Checa), Oliver Stone nos habla de su carrera, su transición política y personal y sus dos proyectos presentes, que también acaban de proyectarse en el Festival de San Sebastián.

A pesar del prestigio de los directores de su generación, muy pocos consiguen financiación para sus nuevos proyectos.
Es cierto. En el caso de mis películas voy una a una. No tengo una fórmula de financiación porque ya no hay reglas al respecto. Cada caso es distinto. A veces se encuentra el dinero en un gran estudio estadounidense, a veces lo aporta una empresa privada o una distribuidora extranjera... Lo que sí puedo decir es que no tengo una casa o un techo fijo, vivo donde encuentro dinero para mi siguiente trabajo.

¿Preferiría vivir de manera permanente en Estados Unidos?

No es que prefiera trabajar en Estados Unidos, es que es más sencillo para un proyecto que el dinero y el distribuidor estén en el mismo lugar. Vivir en mi país es complicado, después de ver lo que ha ocurrido con Julian Assange y Snowden. Muchas cosas han cambiado desde los años setenta de Bob Woodward, Carl Bernstein y el caso Watergate. El poder de la Seguridad Nacional sobre el país se ha hecho más y más fuerte con el paso del tiempo. De hecho, se ha convertido en Seguridad Mundial, porque manejan información relacionada con todo el planeta y en todo tipo de soportes. Escuchan todo lo que ocurre y además el resultado que se da a esas escuchas es que solo se puede ser proamericano o directamente antiamericano.

¿Y no es posible un término medio entre esas dos posturas?
Por desgracia, ya no. En mi infancia existía un concepto, que era el de la neutralidad. Era un bonito término que ahora ni se contempla. Indonesia, Congo o la Yugoslavia de Tito no eran proestadounidenses, pero no se les consideraba por ello soviéticos. Muchos de esos líderes fueron apeados del poder por Estados Unidos, que entendía esa posición neutral como algo inmoral. Hemos perdido muchas cosas. En los ochenta, con la llegada de Ronald Reagan, nos hicimos mucho más conservadores y con voluntad de intimidar. El resto del mundo siguió esta estela, bajo el paraguas de la OTAN, que nació con una vocación defensiva, pero todo cambió.

En mi infancia, una clase de Historia en la escuela equivalía a un lavado de cerebro¿Qué rol considera que ha tenido Europa en estos cambios?
De seguir así, todas las naciones europeas se van a convertir en estadounidenses. Antes Europa solía luchar por las cosas y mantenía una actitud mucho más crítica frente a Estados Unidos, como hizo por ejemplo Charles De Gaulle. Y ahora Alemania se ha convertido en un Banco Central. Al final ganó la Segunda Guerra Mundial porque se quedó con todo el continente... económicamente hablando. Pero sois esclavos de Estados Unidos. Todo aquel país que haya enviado tropas a Irak o Afganistán lo es. El mundo necesita que otras naciones digan no a la mía.

¿Qué opina de España en concreto?
Es una completa decepción en este aspecto. Recuerdo haber coincidido con Felipe González en los años noventa y me gustó. Luego no entendí la actitud de José María Aznar. Convirtió al país en un simple satélite de Estados Unidos. Desde entonces España no ha mantenido un criterio propio. Y es una pena, porque su posición es muy importante para Latinoamérica, que, en cambio, sí ha sabido mantenerse al margen de la tela de araña.

En cierto modo, incluye todos estos puntos de vista en su serie, que algunos en su país han considerado que debería ser ilegal.
Bueno, ya fui demandado por razones similares cuando estrené Asesinos natos. Pero no hay razón. No me he convertido en un activista, sigo siendo un cineasta. Hago películas, dramas, cuento historias. Mi intención es entretener al espectador y, con suerte, generar con ello dinero para la industria. Si a alguien le apetece decir que eso es peligroso, que lo haga, nadie lo parará.

¿Lo que más le satisface de ser cineasta?
La belleza de esta profesión es que cambias de trabajo sobre la marcha. Empiezas escribiendo, que es una labor más intelectual y sedentaria. Luego ruedas lo que está plasmado sobre el papel, algo más complicado y que exige un enorme esfuerzo físico. Después de eso te encierras en una sala para editarlo y finalmente viajas por el mundo hablando sobre ello. Es un proceso interesante que te mantiene alerta, porque cambias de ritmo constantemente. Me hace disfrutar de estar vivo... y fuera de prisión de momento (ríe).

Pero en la serie para Showtime el proceso no se cumple de esa forma.
Exacto, pero es muy gratificante de igual modo, aunque se centre en escritura y edición y no haya trabajo con actores. El guión se modificaba de manera permanente porque en todo momento seguíamos confirmando datos históricos, una parte del equipo, desde Washington y la otra, desde Los Ángeles. La investigación era una parte primordial del proyecto, trabajamos muy duro en ello durante cinco años. Cada palabra incluida tenía que ser comprobada, cambiada en el último segundo si era necesario. Estoy muy orgulloso del resultado. Se puede criticar mi interpretación de los hechos, pero nadie podrá decir que alguno de los datos es falso.

El director cuenta un ejemplo de ese EE UU olvidado, de esta parte menos vista de las últimas siete décadas que intenta recuperar con su serie. En los años sesenta, el presidente Lyndon B. Johnson se acercó al embajador griego en Washington, en un momento en que el país mediterráneo se había convertido en molesto para sus intereses, y le dijo: "Escucha, nosotros somos un elefante y vosotros una mosca. Y cuando una mosca se cruza en el camino de un elefante, termina aplastada".

Stone defiende que no inventa nada ni tampoco descubre datos inéditos. "Solo recupero información que en su momento quedó registrada, pero que se han encargado de que olvidemos", puntualiza. Quiere subsanar ese gran fallo, como considera a la educación estadounidense con respecto a la historia del país, editando un libro que acompañe a la serie. Lleva meses intentando que estas 750 páginas lleguen a las librerías, para contrarrestar todas esas 'versiones Disney' que son lecturas obligatorias en los institutos, algo que le preocupa. "En vez de contar una historia de buenos y malos, donde todos sabemos quién es el bueno, hay que afrontar el relato histórico como una película de terror. Es más real".

Ha llegado a decir que vivió como un sonámbulo (en cuanto a política se refiere) durante los primeros treinta años de su vida. ¿Qué fue lo que lo cambió?
Nací como conservador y lo fui durante años. El proceso de transición de una postura a otra fue paulatino. Participé en la Guerra de Vietnam creyendo en esa batalla y lo que vi allí me hizo plantearme cosas. Pero el cambio definitivo llegó con las guerras en varios países centroamericanos en las que participó el gobierno de Ronald Reagan, oponiéndose de un modo tan tajante a sus movimientos de reformas. Yo en esos momentos estaba en El Salvador y pensé que no era el correcto, que Vietnam iba a ocurrir de nuevo

Encontró otra perspectiva fuera de su país.
En mi infancia, una clase de Historia en la escuela equivalía a un lavado de cerebro, un relato perfectamente estructurado en el que mi país siempre ganaba y en donde se explicaba que la bomba atómica se empleó con absoluta buena voluntad, por culpa de la amenazada soviética, sin vergüenza.

¿Obama no ha sido el revulsivo esperado?
Es una decepción para mí y para mucha gente. Podía haber sido grande, un nuevo Martin Luther King, pero desde el principio el poder lo comprometió.

Está presentando una nueva versión de 'Alejandro Magno' (2004), película no muy bien acogida, pero de sus favoritas.
Creo que Alejandro Magno es un filme inspirador, aunque no tan reivindicativo como otros de mis trabajos; la historia de un conquistador con una vida muy intensa. Es una de mis favoritas porque me sentí muy próximo a ese personaje mientras hice la película. Diez años después, he conseguido editarla tal y como la quería, no como apareció en cines por vez primera. No solo se redujo en exceso el contenido, sino que se hizo de forma apresurada. Recomponerlo ha sido complicado, porque Alejandro Magno es un personaje complejo y mi relato también lo era, pero este montaje (el cuarto) es el definitivo y para mí es importante que el público lo vea y lo valore, porque es el más personal. Trabajé tantas veces y tantos años en él que me es imposible no amarlo. Con Alejandro Magno he entendido mejor que nunca que a las películas hay que dejarlas que envejezcan, que respire.

Nací como conservador y lo fui durante años. El proceso de transición de una postura a otra fue paulatino¿Qué hay de nuevo en la cinta?
No ha pasado tanto tiempo, pero las nuevas tecnologías me han permitido hacer lo que no pude entonces. Contar en tres horas y media la complicada y a la vez universal historia de un hijo, su madre y su padre. El protagonista es alguien que viaja hasta el fin del mundo, que explora todos los límites posibles, intentando huir de su pasado sin conseguirlo. Era necesario contar esa doble historia de presente y pasado de manera concienzuda e intentar integrar los dos relatos paralelos del mejor modo posible, no tan cronológico como lo hice la primera vez. Ya lo he conseguido. Y en las proyecciones que ya se han realizado he notado que el espectador se siente verdaderamente interesado en lo que la película cuenta.

Aunque usted califique a la cinta como menos reivindicativa, siguen apareciendo ciertas posturas políticas en ella. Se han establecido incluso ciertas comparaciones entre su Alejandro Magno y el George W. Bush que en 2004 ya había iniciado una guerra.
Es cierto que Alejandro Magno fue el primer héroe que se acercó a Oriente con una mentalidad que no es habitual para un occidental. Todos sus predecesores iban al Este a hacer fortuna para después regresar. Él fue el primero que prefirió la colaboración entre ambos mundos, crear unidos un imperio común en vez de posicionarse a favor de un colonialismo violento y destructivo con toda cultura diferente a la propia. Es un gran ejemplo a seguir.

Una vez que se ha arrancado la espina que tenía con esta película ¿tiene alguna otra cuenta pendiente?
Intenté hacer un biopic de Evita durante casi una década de mi vida, pero por diversas razones me fue imposible. Luego vi la película que se hizo a partir del guión que yo había dejado escrito y la odié completamente. Mi punto de vista es que Evita Perón podía ser tan santa como puta y en la película de Alan Parker, con Madonna al frente, solo se pudo ver una de esas facetas.