Este fin de semana se cumplen cinco años de la quiebra de Lehman Brothers, el cuarto banco de inversión más importante, por entonces, de Estados Unidos. La bancarrota de este gigante financiero ocasionó una serie de consecuencias que aún hoy lastran las economías de occidente. Por un lado, desencadenó un pánico bancario y financiero que prácticamente ha secado desde entonces los mercados internacionales y ha obligado a los principales bancos centrales (BCE, Banco de Inglaterra, Reserva Federal...) a bajar tipos de interés hasta niveles históricos.

Por otro lado, la caída de Lehman Brothers, el 15 de septiembre de 2008, provocada por la crisis de las hipotecas subprime, evidenció una crisis aún más profunda y que aún persiste: La de la pérdida relativa de relevancia de las economías más desarrolladas (Estados Unidos, Europa...) en favor de la pujanza creciente de los países emergentes. Esas dudas, pese a la evolución positiva de los últimos meses, no se han disipado, según los analistas.

La crisis provocada por la caída del banco de inversión estadounidense, que comenzó siendo una crisis de alcance global persiste ahora, pero mutada en una crisis de la UE; es hoy la única zona geográfica sin crecimiento. Y es que la economía mundial, tal como señalaba el último informe de Perspectivas Económicas Globales elaborado por el FMI, crecerá un 3,3% en su conjunto a lo largo de este año; la eurozona, por contra, se contraerá un 0,3%.

El país en el que se originó la crisis, Estados Unidos, trata por su parte de sortear definitivamente el fantasma de la depresión. Tras la peor recesión desde la década de los 30, la economía estadounidense afronta un crecimiento "lento pero contínuo", según las previsiones del propio FMI. No ha sido fácil, ya que la recuperación ha sido posible tras unos estímulos económicos de billones de dólares que han puesto las cuentas públicas contra las cuerdas y a costa de que la Reserva Federal haya llevado a cabo multitud de operaciones no convencionales.

Japón, por su parte, tras más de una década con bajos niveles de crecimiento, ha optado por asimilar tesis como las estadounidenses, de tomar medidas políticas sin precedentes. Y no le ha ido mal. El propio Banco de Japón mejoró sus previsiones de crecimiento para el país por el éxito de las medidas de estímulo.

Una economía global distinta

Un lustro después de la quiebra de Lehman, muchas son las cosas que han cambiado en el panorama financiero mundial. Sin ir más lejos, la situación del propio banco de inversión, que el pasado marzo anunció su salida de la bancarrota y en abril ya comenzó a pagar a sus acreedores. La entidad tiene que afrontar demandas por un valor de más de 65.000 millones de dólares.

El banco de inversión estadounidense anunció en marzo su salida de la bancarrota La crisis surgida en Estados Unidos desencadenó a su vez varias crisis al otro lado del Atlántico, en la Unión Europea. En un primer momento, con el rescate de aquellos bancos afectados de forma directa e indirecta por el estallido de las hipotecas subprime. En un segundo momento, con la crisis de deuda y confianza surgida a raíz de la crisis griega. En ambos casos, la respuesta del Banco Central Europeo fue cuestionada.

En Europa, donde el terremoto financiero se ha llevado decenas de bancos y media docena de países por delante (con rescates europeos a los estados griego, irlandés y portugués, y parciales a España y Chipre, y el apoyo del FMI a Islandia), y a pesar de que la economía está lejos de recuperarse, se ha enfilado por fin en 2013 el diseño de la futura unión bancaria europea.

El objetivo de la unión bancaria es múltiple: por un lado, crear un sistema que cuente con un supervisor bancario único capaz de prevenir futuras crisis sistémicas; por otro, fomentar la existencia (nominal, o de facto) de una Hacienda única, que permita emitir deuda pública con el aval del conjunto de la eurozona, para así evitar el riesgo de ruptura de la moneda única y posibles ataques especulativos como los registrados en Italia o España.

En España, entrada tardía, salida más tardía

España afrontó el inicio de la crisis financiera internacional confiada en su aparente solidez. Al hecho de que productos tóxicos como los estructurados no se habían llegado a comercializar entre los bancos españoles se unían, entonces, los mensajes de autoridades y supervisores que proclamaban que el español era un sistema bancario de primer nivel.

Pero no era así en realidad. España tenía sus propia crisis, vinculada al ladrillo, y tardó otros dos años en reconocer explícitamente la crisis. Tiempo que no se aprovechó para abordar los problemas; bien al contrario, se agravaron. El proceso de negación tuvo su contrapunto en una intervención de facto en el sistema financiero español y en un control férreo de las cuentas públicas españolas desde mayo de 2010.

Autoridades europeas e internacionales forzaron a España a efectuar recortes y ajustes para reducir su abultado déficit público. El resultado de estas políticas ha sido al menos tres años de recesión económica y unos niveles de paro de récord.

Bancos mejor capitalizados

Una de las enseñanzas de la crisis es que se permitió a la banca crecer ilimitadamente y sin tener una buena capitalización (es decir, una solvencia adecuada). Por eso, los principales bancos centrales acordaron crear un nuevo marco regulatorio más exigente, las llamadas reglas de Basilea III (por la ciudad suiza en la que se reúnen). Así, los bancos deberán aumentar de forma gradual su capital principal (es decir, las acciones ordinarias) del 4% al 6%, con el horizonte de 2018.

Pero el problema principal de los bancos que hizo la crisis casi imposible de prever fue la opacidad de los mercados no regulados. La llamada banca en la sombra, en la que se negociaban productos estructurados, los llamados CDS y otros instrumentos financieros complejos. La Comisión Europea lleva desde marzo del año pasado avanzando en la regulación de estos mercados, que solo en Europa mueven alrededor de 22 millones de euros.