La cuenta atrás
Zapatero y Rajoy se saludan antes de la reunión que mantuvieron el pasado viernes en Moncloa. (Efe).
A Zapatero le gusta reconocerse en una frase que parece sacada de un wéstern: «El hombre que sabe medir los tiempos». Hace referencia a su presunta capacidad para determinar qué es lo que toca en cada momento, para establecer qué asunto requerirá su atención, cuánto le ocupará y cuándo habrá de pasar al siguiente punto de la agenda. Esta habilidad requiere de grandes cantidades de suerte porque en política, como en la vida, uno suele saber cómo empieza algo pero difícilmente alcanza a imaginar cómo terminará. Claro que eso nunca había sido problema para un presidente que presume de tener una flor -no diremos dónde-, aunque tal y como se comporta se diría que es el dueño de un vivero.

De medir los tiempos  a jugar a la ruleta rusa sólo hay un paso. Se puede, por ejemplo, afrontar la reforma de los Estatutos, sobre todo el de Cataluña, y estar al borde del suicidio, como se puede entablar una negociación con ETA y encomendarse a los dioses del Olimpo. Se trata de apuestas arriesgadas que los ciudadanos entienden difícilmente porque, al fin y al cabo, nadie elige a sus políticos por su temeridad para apretar el gatillo mientras apoyan la pistola en su sien. Cuando uno se entretiene en estos juegos, es normal que descubra que el tiempo se le ha echado encima y se le revele otra gran verdad: sólo en muy contadas ocasiones un partido en la oposición gana las elecciones; lo habitual es que el Gobierno las pierda.

Con dos elecciones a la vista, las municipales dentro de cuatro meses y las generales en fecha aún por determinar entre diciembre de 2007 y marzo de 2008, a Zapatero le han entrado las prisas y ha pedido a sus ministros que se pongan a trabajar para explicar a los españoles qué se ha hecho en este tiempo, además de tentar a la suerte, y qué se hará en el futuro. En Moncloa deben de estar atónitos. Con la economía viento en popa y la convergencia real con Europa al alcance de la mano, con la tasa de paro más baja que se recuerda, con superávit presupuestario, con importantes subidas del salario mínimo y de las pensiones, con una ley como la de Dependencia que hará la vida más sencilla a decenas de miles de familias, con todo eso, la distancia que separa en las encuestas al PSOE del PP sigue sin ser significativa.

Es obvio que existe un grave problema de comunicación que el secretario de Estado de la cosa, Fernando Moraleda, no ha sido capaz de resolver por muy amigo que sea del presidente del Gobierno. Sindicalista de origen, secretario general de Agricultura después, de Moraleda hacía chanza pública el presidente extremeño, Juan Carlos Rodríguez Ibarra. Una anécdota se recuerda especialmente. Ibarra había acudido a Moncloa a ver a Zapatero y, a la salida, se cruzó con el nombrado propagandista mayor del reino en presencia de un grupo de periodistas. «Hombre, Moraleda, ¿cómo va la remolacha?», le dijo con retintín para después añadir: «¡Ah no, que ahora eres secretario de Estado de Comunicación...». No obstante, sería injusto centrar en Moraleda todas las críticas. Puestos a buscar culpables de que las realizaciones del Ejecutivo hayan podido pasar desapercibidas para buena parte de la población habría que apuntar más alto y situar el tiro en el propio Zapatero, cuyo personalismo ha eclipsado no sólo las tareas del Gobierno sino también a sus propios integrantes.

El presidente se conduce como si solamente él fuera capaz de resolver los problemas del país, incluso los que él mismo ha podido crear. Asumir los riesgos en primera persona tiene el inconveniente de que también en primera persona se sufre el desgaste, sobre todo si la propia estructura del gabinete, compuesto en su mayor parte por técnicos y no por políticos, no contribuye a repartir la carga. Zapatero asumió la negociación del Estatuto de Cataluña, dirige el proceso de paz con ETA, del que maneja información que no comparte ni con su ministro del Interior, y hasta se ha dedicado a buscar candidatos a la alcaldía de Madrid con alguna que otra concesión al surrealismo.
Su manera de actuar crea desconcierto en su propio equipo. No es extraño que Zapatero llame personalmente a un director general, pasando por encima del ministro, para conocer de primera mano algún asunto que sea de su interés. A diferencia de sus antecesores, que eligieron un número dos tras el que parapetarse -Guerra en el caso de González o Cascos en el de Aznar-, Zapatero ha optado por ser a la vez el bueno y el malo de la película. Ni siquiera María Teresa Fernández de la Vega, una mujer de indudables méritos y con vocación de apagafuegos, cumple ese papel.

Basta con ver sus elevados índices de popularidad en las encuestas para comprobarlo. Lo que ahora pide Zapatero a su Gobierno para relanzar su imagen es casi un imposible. Faltan políticos para esa misión. Bono lo era y salió del Consejo; López Aguilar lo es y también saldrá en los próximos días, rumbo a Canarias. Queda Caldera, que lleva tres años cabreado porque Zapatero no le hizo vicepresidente, y que se limita a su negociado. Tan enfadado llegó a estar Caldera que ni siquiera se quedaba al pincho de tortilla que los ministros degustan tras los Consejos para confraternizar.

La primera prueba son las elecciones municipales y autonómicas. En las primeras la ventaja del PSOE respecto al PP fue en 2003 de apenas 300.000 votos. Vendrían a ser un barómetro anticipado de las generales. En las autonómicas, podría darse incluso la circunstancia de que los socialistas perdieran apoyo pero ganaran poder, ya que es previsible que alcancen el gobierno canario y pongan en peligro la continuidad de UPN en Navarra. Zapatero puede plantearse ahora una remodelación del Gobierno más amplia que la simple sustitución de López Aguilar en Justicia. Algunos dirigentes socialistas la dan por segura para afrontar la última recta de esta legislatura. A tiempo está, salvo que a ETA le de por hacer añicos el reloj de arena.

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