Zambrana, sin barrotes
La vista desde una de las habitaciones de la unidad de chicas. (Pablo Elías).
El término más utilizado para definir un centro de reforma es ‘cárcel de menores’, sin embargo, en el Zambrana, no hay barrotes en las ventanas.

Tampoco hay celdas, hay habitaciones, eso sí, adaptadas en su mobiliario al perfil de los menores que las habitan, «nada que se pueda arrojar», según nos relatan durante una visita guiada.

En verano disfrutan de piscina y hay talleres de carpintería, automoción o jardinería. Unos 15 educadores y ocho guardias de seguridad los vigilan para que no se rompa la armonía.
«Es cierto que suelen venir chavales con un perfil agresivo, pero hablamos de desobediencias y faltas de respeto a los monitores, las agresiones más serias se pueden contar con los dedos de la mano a lo largo de un año», defiende el director del centro, Carlos Seco. Eso sí, cada día más chavales llegan por violencia doméstica contra sus padres, algo preocupante.

Más mito que realidad

No sólo vigilan personas. Las cámaras, los cacheos y los detectores de metales son otros elementos de seguridad, sobre todo cuando vienen de los talleres, donde tienen acceso a herramientas.

Las fugas tienen poco sentido, sobre todo porque los jueces los envían, mayoritariamente, en régimen semiabierto, es decir, pueden salir  para ir al instituto, a pabellones deportivos o, incluso, pasar fuera el fin de semana. Podrían aprovechar esos momentos para no regresar, mejor que jugársela. «Sólo cuando se observa que el comportamiento es peligroso se solicita al juez un régimen cerrado para que no puedan salir de estos muros», cuenta su director.

Ahora mismo hay 45 chavales en el centro, pero suele haber muchos más y «desde hace dos años se podría colgar el cartel de completo», tal y como relatan los propios educadores. Es más, aseguran que el perfil de los menores está cambiando, «antes eran raterillos que procedían de barrios marginales, ahora son chicos que tienen problemas de drogas y no se adaptan a la sociedad».

Intercambio de experiencias

Esta semana termina la visita que durante algunos días han realizado técnicos de centros de reforma catalanes al Zambrana. «Nos llama la atención la amplitud y los medios de que se disponen. Allí está todo más saturado, con menos recursos y muchos más menores, sobre todo inmigrantes, al contrario de lo que observamos aquí», relataron los educadores catalanes a 20 minutos. Profesionales del Zambrana les devolverán la visita dentro de algunas semanas para ver cómo trabajan por allí.

Testimonios del día a día

Andrés Díaz. Profesor Lengua.

«Tienen muchas deficiencias».

«Hacemos lectura, ortografía y trabajamos su vocabulario y el nivel de expresión de una forma individualizada, porque cada uno llega con un nivel muy diferente. Casi todos tienen grandes deficiencias. Hay algunos que con 16 y 17 años son analfabetos y no saben ni leer ni escribir. Aunque los hay que se motivan por aprender más, y otros, en cuanto mejoran un poquito se vuelven a desentender de las clases».

Antonio. Interno de 16 años.

«Hecho de menos comida casera».

«Llevo aquí 10 meses y hago lo normal. Voy a clase hasta las 13.15 h. Estoy en los talleres de albañilería porque me gustaría dedicarme a eso. La comida me gusta, pero se echa de menos la de casa. En los ratos libres veo la tele (los deportes de las noticias) y escucho el walkman. También hacemos deporte, una pachanga de fútbol o frontón. Por la noche nos apagan las luces a las 23.00 horas, pero yo a las 22.30 ya estoy dormido».