Valencia, 1952
Una de las fotos del libro de Robert Frank Copyright Robert Frank

Quiza se trate del fotógrafo más influyente de la historia y también el más radical, pero cuando Robert Frank (Suiza, 1924) residió varios meses en Valencia en 1952 era un don nadie y tenía que pagar la pensión regalando fotografías al dueño. La pobreza no le impidió dejar de retratar. Dos años después, acaso con el entrenamiento de sus meses valencianos, compuso el mejor fotolibro de la historia, el monumental The Americans (Los americanos).

Parte de las fotografías de Frank en la ciudad mediterránea se editan ahora en el libro Valencia, 1952 [64 páginas, 35 euros], que publica la editorial La Fábrica. Según los responsables de la edición, las 42 imágenes del tomo son la antesala que da explica "la libertad y la humanidad" que ayudarían a Frank concebir Los americanos, el primer proyecto fotográfico intensivo para captar el alma de un país, los EE UU, que Frank recorrió durante dos años y medio, con poco o ningún dinero en el bolsillo, en un viaje abierto a lo accidental en el que hizo 27.000 fotografías.

El descubrimiento de la Leica

Frank, que había abandonado y renegado de Suiza en 1947 para establecerse en Nueva York, tomó en la ciudad estadounidense una decisión que cambiaría su vida y también la historia de la fotografía moderna: dejar de lado la poco ágil Rolleiflex bifocal de medio formato con la que había trabajado hasta entonces y pasarse a rápida, ligera y fiable Leica III de 135 milímetros. Entre 1948 y 1958 prueba la cámara en un febril nomadismo que le lleva a Brasil, Cuba, Panamá, Perú, el Reino Unido, Italia, Francia y, finalmente, España.

El dueño del hotel El Sol cedió a la familia una buhardilla a cambio de fotos Con su primera esposa, la pintora Mary Lockspeiser, y el primogénito de la pareja, Pablo —que desarrollaría esquizofrenía y moriría en 1994 en un centro siquiátrico—, se hospedaron en El Grao, en el modesto hotel El Sol del barrio del Cabanyal. Como no tienen demasiado dinero, Frank negocia con el dueño, que cede a la familia una buhardilla a cambio de fotos.

"Sin perseguir un reportaje"

Allí pasaron cinco meses, durante los cuales Frank hizo fotos de escenas nocturnas, aprendices de toreros, gitanos, niños, desfiles y procesiones. El artista se desplazaba a pie, paseando por las calles cercanas a la casa donde vivía, fotografiando lo que le rodeaba, "sin perseguir un reportaje fotográfico, conviviendo con la misma gente a la que estaba retratando, indagando en la vida diaria de sus vecinos más cercanos", dicen los editores.

Valencia no fue un viaje, sino una estancia que liberó a Frank de lo narrativo El fotógrafo vivía aislado, ya que la comunidad de pescadores no estaba conectada con la ciudad. Se trataba de las afueras, pues entre la ciudad y el barrio mediaba una franja de tierra sin construir. Vicente Todolí, el editor del libro, cree que para Frank, "Valencia no fue tanto un viaje como una estancia" durante la cual "se liberó de lo narrativo, del ensayo fotográfico y encontró tiempo para la meditación".

"Descubrió la confianza en sí mismo"

En la edición deValencia, 1952, en la que ha colaborado Frank, se pretende responder a la pregunta de qué descubrimientos hizo el fotógrafo en la ciudad española. Los impulsores del volumen consideran que, "aparte de la libertad, podría decirse que descubrió la confianza en sí mismo y que su intuición era buena".

Es una correcta fórmula para intentar vender el libro, pero oculta el carácter de obra menor de la colección, desprovista de la mirada prodigiosa y eléctrica que Frank desarrollaría en Los Americanos. Sea porque la negra sociedad española del franquismo no le inspiraba tanto como el dinamismo estadounidense o porque todavía necesitaba entrenamiento, las fotos valencianas de Frank carecen del tono perturbador y la incisiva ternura que estaban por llegar.

El realismo no es suficiente: ha de estar lleno de visión No es la primera vez que las fotos son editadas. El casi inencontrable catálogo Sobre Valencia, 1950 —editado por el Instituto de Estudios e Investigación Alfonso el Magnánimo de Valencia en 1985—, incluía una veintena de fotos y un texto donde Frank, muy poco amigo de teorizar, desarrollaba una de sus más detalladas declaraciones de principios: “Blanco y negro son los colores de la fotografía. Para mí simbolizan las alternativas de esperanza y desesperación a las que la humanidad está eternamente sujeta. La mayoría de mis fotografías son de gente, vista de un modo muy simple, como a través de los ojos del hombre de la calle. Eso es algo que la fotografía debe contener: la humanidad del momento. Esa clase de fotografía es realismo. Pero el realismo no es suficiente: ha de estar lleno de visión, y las dos cosas juntas pueden hacer una buena fotografía. Es difícil describir esa tenue línea donde acaba el tema y empieza la propia mente”.

"Perveros, siniestro, antiamericano"

En 1954, con los 3.000 dólares de un beca, Frank inició el trabajo de lo que sería Los Americanos. El libro fue rechazado por las editoriales estadounidenses, que lo califican de “perverso”, “siniestro” y “antiamericano” y ninguna se atreve a publicarlo.

En 1958, el fotógrafo logra editarlo en Francia con una introducción que escribe Jack Kerouac: “Después de ver estas imágenes, terminas por no saber si un jukebox es más triste que un ataúd (…) Robert Frank, suizo, discreto, amable, con esa pequeña cámara, que levanta y dispara con una mano, se tragó un triste poema desde la misma América y lo pasó a fotografía, haciéndose un sitio entre los grandes poetas trágicos del mundo”.

En 1959, cuando el libro aparece en los EE UU, ofende a los críticos. La revista Popular Photography publica siete reseñas en un mismo número. Todas son malas menos una, que destaca el uso del contraste. Hoy existe una casi total unaninimidad en que se trata del recorrido anatómico-fotográfico más intenso para diseccionar un país con ternura pero sin piedad que fotógrafo alguno se haya atrevido a realizar.