Los niños migrantes de Melilla: "Somos pobres y hay que buscarse la vida"

  • La ciudad atiende a 281 menores que cruzaron la frontera solos | Una parte vive en la calle intentando 'saltar' a la Península para llegar a Europa.
  • Hamed: "Tengo que encontrar un trabajo para ayudar a mis padres".
  • Yashin: "Mi madre no me deja entrar en casa porque llegaba borracho".
  • Los 'niños de la calle' desbordan los recursos de Melilla.
Hicham (marroquí, 16 años) se apoya en la escollera de Melilla mientras el ferry que comunica la ciudad con Granada entra en el puerto. Los menores que cruzan solos la frontera intentan ir de polizones en estos barcos para después llegar a Europa.
Hicham (marroquí, 16 años) se apoya en la escollera de Melilla mientras el ferry que comunica la ciudad con Granada entra en el puerto. Los menores que cruzan solos la frontera intentan ir de polizones en estos barcos para después llegar a Europa.
A.C.

"Somos pobres, no hay trabajo. ¿Qué vas a hacer sino saltar la frontera y venir a buscarte la vida?", reflexiona Hamed, de 17 años, mientras apura un cigarrillo y se coloca la gorra, que lleva puesta de medio lado.

Como él, doscientos menores que han entrado solos en Melilla conviven en el centro de La Purísima Concepción. Las instalaciones solo tienen capacidad para 120 niños. El propio Ejecutivo local, del Partido Popular, admite que está desbordado.

La mayoría han llegado seducidos por las promesas de que el Estado español les dará "los papeles" al cumplir los 18 años. Una vez dentro, sin embargo, se topan con la realidad: el Gobierno Autónomo evita el 'efecto llamada' legalizando a apenas un puñado de ellos. El resto, pierde cualquier derecho al alcanzar la mayoría de edad y queda en situación irregular.

"Emigrantes precoces"

Hamed lo tiene claro: "Qué te van a dar papeles estos". En su caso, llegó de la vecina ciudad marroquí de Nador, al otro lado de la valla, hace dos años. Se niega a decir cómo entró, pero sí confiesa su motivación: sus propios padres le enviaron porque sabían que en La Purísima tendría derecho a comida, cama, médico y educación, algo que ellos no podían proporcionarle. "Cumplo 18 dentro de un mes y me echarán. Tengo que encontrar un trabajo para ayudar a mis padres. Yo quiero volver a Marruecos", asegura.

A su regreso, con empleo o sin él, se llevará un duro recuerdo en forma de cicatriz en la cara. "Me rompieron la mandíbula en una pelea con unos negros (los ciudadanos subsaharianos que residen en el centro de estancia temporal de inmigrantes, CETI, a apenas un kilómetro de distancia). Querían coger a un niño para hacerle cosas. Me metí y me tiraron una piedra a la cara. Me operaron en Málaga. Si tuviese un abogado, pediría la indemnización, pero, ¡ja!, con qué dinero...", se lamenta.

La Delegación del Gobierno en Melilla y la Consejería de Bienestar Social llaman a estos niños "emigrantes precoces". La mayoría son empujados por sus propias familias, con las que mantienen el contacto.

Yashin, amigo de Hamed y de 16 años, llamó a casa al poco de cruzar la frontera. Aunque asegura que dejó Marruecos por voluntad propia cuando tenía 15 años, dice que quiere a sus padres y a sus tres hermanos. "Saben que estoy aquí. Me quedan dos años para salir y volveré", sentencia con la aparente seguridad de un adulto.

A pesar de que lo tienen prohibido por las normas de funcionamiento de La Purísima, ninguno de los dos duda en pedir un cigarro a su interlocutor cuando ven deslizarse el paquete de tabaco en un bolsillo. "Soy pequeño porque fumo mucho", bromea Yashin, de cuerpo enjuto.

Al ver los cigarrillos, Mobi (nombre ficticio) se acerca. Afirma ser nigeriano, aunque la mayoría de los subsaharianos que entran en Melilla no revela su auténtica nacionalidad por temor a ser deportados en virtud de los acuerdos de colaboración entre España y sus países de origen.

Los menores negros del centro son minoría. La dificultad de soportar los viajes desde sus naciones hasta Marruecos les disuade. Además, no hablan castellano. Mobi, saltó la valla el martes 16 de octubre, junto a otro centenar de personas. Según su testimonio, dijo que era menor para no tener problemas con los agentes españoles. Dos días después de esta conversación fue enviado al centro de inmigrantes adultos. El departamento de Bienestar Social dictaminó que era mayor de 18 años en base a la prueba de determinación de edad basada en la radiografía de la muñeca, un sistema que no es concluyente por sí mismo, según ha advertido el Defensor del Pueblo.

Los niños de la escollera

El objetivo de los menores subsaharianos, como en el caso de los adultos, es cruzar a la Península y, de ahí, al centro de Europa, donde la mayoría tienen algún familiar. Sin embargo, una parte de los menores marroquíes también quiere saltar el Mediterráneo y huye de La Purísima. Estos componen el grupo de los 'niños de la calle' de Melilla.

"Cuando me enteré de que no me iban a dar papeles, me fui", comenta 'el Neymar', un viejo conocido de la policía portuaria. El apodo se lo pusieron los propios agentes de la Guardia Civil, cansados de 'cazarle' intentando subir a los barcos que comunican la ciudad con Granada, Almería o Málaga.

Yashin, como se llama en realidad, vive en la escollera mientras dure el buen tiempo junto a otra docena de chavales. Roban, mendigan, venden pañuelos o chicles y lavan coches para "ganarse la vida", a la espera de conseguir un 'billete' como polizón en un ferry. Asegura que, a diferencia de otros menores que pululan por las calles de la villa, ellos no esnifan pegamento o disolvente, aunque sí beban: "No queremos líos".

Su historia sí encaja en el arquetipo del menor con familia desestructurada que huye cruzando la valla. "Mi madre está en Nador. No me deja entrar en casa porque llegaba borracho", cuenta entre resignado y sincero. Un día echó a correr en la frontera y logró pasar al lado español: "Si vamos varios, o pagas al policía marroquí o entras en tromba y alguno pasa". Tenía 14 años. Ahora, cuenta con 17.

Encontronazos con la Guardia Civil

Hicham (16 años) asiente. Él intentó lo mismo, pero finalmente pasó escondido entre los hierros de las atracciones de los feriantes, un recurso muy habitual entre los migrantes irregulares. También espera la oportunidad de conseguir una plaza para llegar a Francia. Casi no habla español porque, a diferencia de Yashin, apenas ha estado en el centro de menores, pero es capaz de encontrar cuatro palabras para ilustrar sus intentos frustrados: "Policía pega. No, señor".

Cojea gravemente de la pierna derecha y casi no puede mover el codo del mismo lado. "Guardia Civil. ¡Ay, ay!" escenifica. 'El Neymar' jura que es verdad y muestra su propia mano derecha, hinchada, sucia y amoratada. "Si te cogen en el puerto, te dan con la porra. Me dicen 'Joder, Neymar, otra vez aquí. No te queremos ver más'. Yo les digo 'Sí, señor, no voy a volver', pero luego vuelvo", confiesa.

En su situación, la golosina de llegar a otro puerto es demasiado atractiva. La semana anterior, el ferry se llevó en sus bodegas a cuatro de sus amigos: "¡Están en Granada! Nos lo han contado por el Facebook y el Tuenti".

Son las 19.30 horas. Yashin se impacienta y se pone serio. "Es la hora de ir a ganarse la vida", sentencia actuando de organizador. Tres chavales más aparecen tras la curva de la escollera. Se estrechan las manos y comienzan a andar en dirección al puerto. Hicham, dolorido, se queda de guardia. Antes de que la luz se vaya, se recuesta sobre la pared de piedra y observa cómo uno de los barcos de la Península entra en el puerto. "España", musita. Como si Melilla no lo fuera.

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