Los nadadores
La obra disecciona los miedos de la sociedad contemporánea. ANAGRAMA

Es casi inevitable que si eres escritor y nadas a horas intempestivas, un día u otro acabes armando una obra con muchos largos de piscina, tal como le ha ocurrido al cordobés Joaquín Pérez Azaústre, que estos días presenta su nueva novela, Los nadadores, una inquietante historia con gente que desaparece.

Todos somos nadadores en la vida, a veces con la corriente a favor y otras en contra Este narrador y poeta de 36 años, considerado uno de los principales autores de su generación, no esconde que empezó a gestar este relato mientras nadaba en un pabellón de Madrid, donde reside, con unas cristaleras en las que veía unas sombras moviéndose, especialmente cuando iba allí de noche.

A la pregunta de quién son los nadadores, Pérez Azaústre responde que todos. "Todos somos nadadores en la vida, a veces con la corriente a favor y otras en contra, aunque sin tener muy claro a dónde nos dirigimos, con una sensación de soledad", precisa.

En su novela, publicada por Anagrama y que ya tiene una canción dedicada de Ismael Serrano, Jonás encadena brazadas cada mediodía en una piscina.

Se ha separado de su compañera Ada y un día su padre, un policía jubilado, le comenta que su madre, de la que está divorciado, no da señales de vida. Ha desaparecido, igual que empezará a ocurrir con otros personajes de estas páginas.

Soledad, vacío y pérdida

El novelista indica que la piscina en este caso puede verse como una analogía del mundo actual, "en el que parece que estemos muy comunicados, pero con muchas situaciones de aislamiento personal, sin que podamos sentirnos muy orgullosos por ello, solos en nuestro carril".

Una inquietante novela de raíces kafkianas sobre el vacío y el sentido de pérdida de la vida contemporánea También cree que ha reflejado la sensación de que en este mundo "hay unos hilos muy alejados de la vida de cada uno, que manejan el destino".

Sobre Jonás, ahonda en que quería dibujar a un gran solitario, fotógrafo de prensa, que "aparentemente no tuviera un conflicto con esta soledad, que pareciera que la asumiera, que es otra característica de nuestro tiempo, la capacidad de asumir todo lo que nos llega".

Autocrítico, Pérez Azaústre mantiene que es como si "la autocrítica estuviera en lo más profundo de un cajón".

La insatisfacción vital también sobrevuela el libro, aunque no acaba de concretarse, "igual que las desapariciones, con lo que hay un cierto ambiente de misterio y unos personajes un poco aturdidos".

Con influencias que pueden ir de Franz Kafka a Paul Auster, el andaluz reconoce que la actual crisis económica global, aunque no de forma voluntaria, sí ha acabado plasmándose en cierta manera en el relato.

Final abierto

"Cuando empecé tenía claro que no quería hacer una novela social, pero sí que tengo clarísimo que la narrativa debe estar con el latido y la respiración de su tiempo, por eso la novela tiene un final abierto, como nuestra vida, y deja un amplio margen de interpretación entre texto y lectura".

Además, arguye que "el novelista no puede ser un demiurgo e imponer su autoridad", aunque "es evidente que empezando hace tres años las primeras líneas sí que la crisis ha entrado y el ambiente que se relata no está muy alejado del nuestro".

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