«Dejé la pesca submarina al quedarme embarazada»
Magdalena Salinas.
Comenzó en 1959 y dejó de sumergirse cuando se enteró de que en Barcelona habían nacido dos niños de buceadoras con los ojos hundidos.

¿La afición a la pesca la ha heredado de su familia?

Mi abuelo fue práctico del muelle y mis bisabuelos tenían dos barcos que iban a Orán, pero no tenían afición.

Entonces, ¿de dónde le viene el gusanillo?

Cuando me casé, el cura me dijo que tenía que seguir a mi marido, Ramón Mora (risas). Él y su hermano son dos apasionados del mar. Yo les acompañaba siempre y, un día, él me dejó sus gafas, y desde entonces me enamoré del fondo submarino.

Y se compró el equipo.

¡Qué va! Mi marido me hizo unas aletas de goma a su manera y me fabricó unas gafas de bucear con una cámara de coche y un cristal, y  me hizo un fusilito de caña.

Recuerde alguna anécdota.

Una vez, mientras me sumergía, vi una roca que formaba delante hueco como si fuera un belén. La curiosidad me pudo y, como pensé que podría haber un pescado, me sumergí; de pronto salió un mero grandísimo. Pero no me atreví a pescarlo.

¿Qué es lo más grande que ha pescado y hasta qué profundidad se ha sumergido?

No he pasado de diez metros y la pesca más grande fue un mero de dos kilos; también he cogido lenguados, llobarros, búfoles, sargos. Aunque, más que nada, lo hacía por diversión.

¿Y lo que más le gustaba?

Yo me emborrachaba con los paisajes, viendo a los peces en su ambiente natural. En Tabarca había meros apoyados en las rocas y aquello parecía un paraíso.

¿Qué le decía la gente?

No se le daba importancia a que una mujer pescara.

¿Por qué dejó de pescar?

Cuando estaba embarazada viajé a Barcelona y allí me enteré de que varias pescadoras parieron niños con los ojos hundidos. Tuve miedo de que le pasara algo a él.

¿A qué lo achacaban?

Cuando nos tiramos desde la barca contraemos el vientre y, al parecer, a los fetos se clavaban los bracitos.

BIO

Magdalena Salinas Conesa nació en 1931 en Alicante. Se ha dedicado a criar de sus hijos y nietos y recuerda con orgullo cuando su nieta Nerea, de diez años, le dice que es «una señora mayor pero muy guapa»