La revolución de los tomates alegres en plena ciudad

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La revolución de los tomates alegres en plena ciudad

Mujeres en un huerto urbano de Barcelona
Dos mujeres riegan e inspeccionan la frondosa plantación de verduras del Hortet del Forat, en el céntrico barrio de la Ribera de Barcelona. (HUGO FERNÁNDEZ)
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Mujeres y hombres desarraigados huelen la tierra y escuchan la voz interior. Está asfixiada por el alboroto mecánico. Herida por las faraónicas aristas del culto al cemento. Como escuchar la llamada de la selva o el aullido de Colmillo Blanco, solo que esta vez es una lechuga quien brama... "La verdura es una excusa. Bajo un huertecito que parece recreativo, rascas y encuentras un trasfondo social", explica Pablo Llobera, educador medioambiental de 42 años y portavoz de la Red de Huertos Urbanos Comunitarios de Madrid. Plantarlos es un acto de apoderamiento, dicen. Es palpar nuestro origen en la tierra. Compartir la vida con otros. Volverse empático y soñarse autosuficiente. Lograr crecer en la tierra inculta y en los páramos del ladrillo. Ciudades huertos. Retorno al principio. El sueño de una polis sostenible.

Esta es la praxis de muchos de los que participan en los huertos urbanos que emergen en nuestras ciudades como una respuesta activa a un mundo en crisis. Plantan la filia, la raíz de la unión, para matar la acedía, la enredadera del tedio. Participan en una revolución silenciosa focalizada en un sencillo huerto. "Está en el inconsciente colectivo, en tiempos de crisis los humanos regresan a la tierra", añade Pablo. No se ha dado un fenómeno similar, por masivo, desde la II Guerra Mundial. Entonces los huertos urbanos europeos se convirtieron en la fuente de abastecimiento de una sociedad que no creía en el futuro.

Supone una respuesta activa a un mundo en crisis

Hoy las respuestas están en una mayor pre-ocupación ecológica, la reapropiación del espacio público, y en la búsqueda de una respuesta personal a la desorientación provocada por un déficit democrático. "Olemos un cambio de época. El individuo intuye que no tiene posibilidades de sobrevivir desarraigado. Es un regeneración basada en relaciones humanas y en generar redes de apoyo", explica Pablo.

Quieren propagar la unión neolítica para que todos sintamos el asombro del último recolector frente al primer hortícola. Usan terrenos abandonados surgidos de las cicatrices inmobiliarias. Son fuerzas con vocación vecinal y abiertos a cualquiera que quiera echar una mano. Unen generaciones, pues son los ancianos quienes conocen la tierra. "Los mayores son pozos de sabiduría", alega Pablo.

Representa una vía de escape para muchos parados y una escuela para los más pequeños. No aspiran a la soberanía alimentaria. Solo quieren ser conscientes del proceso vital. Decidir el espacio en el que vivir ante la desidia o imposibilidad económica de las administraciones.

Solo en Madrid hay unos 30 en situación alegalSolo en Madrid hay unos 30 en situación alegal, siguiendo la estela de huertos como 'La Piluka', en el del barrio del Pilar, o 'Esta es una plaza', en Lavapiés. Otros tantos se encuentran en Barcelona, con el decano Can Masdeu a la cabeza. Y han arraigado en Valencia, Sevilla y otras capitales. En ocasiones ganaron la batalla a la Administración mediante la cesión temporal de terrenos. Algunos han sido desmantelados. Pero los focos prosiguen, los organizan pirómanos inversos.

Tiene un paralelismo inesperado con el huerto del filósofo Epicuro, surgido en un cosmos helénico que vio derrumbarse el sueño globalizador de Alejandro Magno (323 a. C.). "Los griegos quedaron desorientados por la caída de la ciudad-Estado y por todos los cambios políticos", explica Montserrat Jufresa, catedrática en Filología Griega de la UB, y experta en Epicuro. "Los epicúreos buscaron alrededor del huerto de Atenas el remedio para encontrar la felicidad a pesar de toda la confusión creada por la destrucción de la comunidad política", añade.

Para los griegos el huerto era una excusa

Para los griegos el huerto era una excusa, y  lo mismo ocurre con los hortícolas modernos. Un lugar en el que organizar la hermandad y la chará (la alegría). Un espacio farmakon (medicina) en el que curar los males del espíritu. Estos males los identifican los hortícolas actuales con el individualismo, el consumismo, la avaricia y la desconexión con la tierra. Es un retorno a ser conscientes del proceso alimentario. Un grito ecologista en una etapa crítica. Pequeña ágora espiritual. Espacio en el que brotan viejas palabras que saben a nuevas: común, de todos, público, gratuito, democrático, nuestro... La huerta se ha convertido en símbolo universal.

Es una necesidad humana, con propuestas que van desde los huertos comunitarios a la hortaliza en el balcón, el huerto universitario o los creados en las azoteas de los edificios como los que propugna Food From Sky (Comida desde el cielo) en el Reino Unido. "Cultivar alimentos ecológicos y crear comunidad es un camino sostenible para nuestras ciudades. Necesitamos animar a la gente para que cultive su comida y repensar los modelos de distribución", explica Sarah McFadden, coordinadora de este proyecto.

En Argentina, el colectivo Articultores busca nuevos usos sociales en la huerta, e incluso organizan guerrillas con ataques de bombas de semillas que después crecen en los espacios públicos. En Nueva York y el Reino Unido, los movimientos de guerrilla gardening realizan acciones nocturnas creando huertos espontáneos en lugares insospechados.

Luchando contra la construcción

En España la tendencia es el huerto comunitario, relacionado con movimientos vecinales y sociales, y con el 15-M. "Antes todo esto eran huertas, y el boom inmobiliario se las llevó", explica Fermín Alegría, portavoz del huerto de Benimaclet, un barrio del extrarradio de Valencia . "Ahora son los abuelos los que quieren llevar a sus nietos para que aprendan algo, aunque sea simbólico, de la tierra", dice.

Tras 17 años de ver cómo no se construía en las más de 200.000 hectáreas previstas en un plan urbanístico, los vecinos decidieron actuar. Y plantaron su huerto. "Que apareciera en los solares un cadáver en una maleta ha sido la gota que colmó el vaso", cuenta Fermín. Los propietarios de la finca, el BBVA, derribaron el huerto y vallaron la zona. Así apareció el huerto vertical, que es el símbolo de su lucha, situado en las vallas que les impiden el acceso. "Queremos que se plante todo ecológico. Esto era un estercolero. Seguiremos regando con nuestra garrafas hasta que nos lo cedan, como se comprometió la Administración", dice Fermín.

El problema es que en verano es difícil trabajar al mediodíaUn caso similar es el del Hortet del Forat, en el barrio de la Ribera, en la ciudad vieja de Barcelona. Se trata de un pequeño oasis en una plaza, conocida como 'El agujero de la vergüenza', y que tras muchas luchas consiguió la cesión del terreno. Es entrañable por su tamaño y poderoso por la inspiración. En la zona estaba previsto la edificación de un parking. "Este era una barrio degradado e iniciamos esta lucha contra la especulación inmobiliaria", explica Paco Roldán, un parado de 54 años cuya situación hace que esté "más volcado".

En el año 2005, los vecinos saltaron las vallas de la empresa Procivesa y crearon su huerto, que fue destruido. Pero la Administración acabó por ceder. Desde entonces el huerto se autogestiona comunitariamente. "Hacemos asambleas mensuales en las que tratamos los temas en común", explica Paco.

Bea trabaja junto a su compañera, que va ataviada con unas gafas de pasta rojas y un gorro campero. Muestra orgullosa el huerto mientras riega. "Aquí tenemos las plantas aromáticas y medicinales. Allá las tomateras. El problema es que en verano es difícil trabajar al mediodía", espeta bajo un sol de justicia. Se transmiten los conocimientos unos a otros. Sus habitantes engloban un bancal en el que florecen niños, inmigrantes, universitarios, parados, jubilados...

Una mezcla que converge en el Hort del Xino, situado en el Raval de Barcelona, en una zona gris, densa en población y conflictos. Tras un muro, un espacio verde ocupado, en lo que era un solar olvidado –solaz de yonkis y hampas–, roba ahora la sonrisa de los vecinos. Los hortícolas fueron los que limpiaron el lugar de escombros y eliminaron la siembra de jeringuillas. Un gigantesco dinosaurio preside las paredes de los bloques contiguos.

"Máquinas generando oxígeno"

En la puerta, en otro grafiti, se lee: "Máquinas generando oxígeno". Dos niñas marroquíes corretean entre las coles mientras otros chavales intentan plantar unas fresas. El trajín de rocas y ladrillos, extraídos para adecentar la tierra, es frenético. "Es una tierra muy pobre", se lamenta un chico. Los niños sonríen, y uno pregunta cómo plantar la zanahoria. "No, al revés. Tiene que crecer hacia arriba", le advierte una joven que vive en un centro social okupado. A unos metros, un hombre de unos 50 años mira con una lupa el pulgón de una planta. Acto seguido se sienta en una vieja silla y se sumerge en un libro de hortalizas.

En la puerta dos abuelos sonríen. Lo observan como un espejismo. Alguien los invita a pasar. Dan tímidos pasos. Recuerdan con emoción su huerto de antaño. El compostero reúne a su alrededor un caos simpático. Hay más preguntas que respuestas. Un joven alemán indica cuál sería la mejor posición. "Hay que sellarlo para que no atraiga a los animales", dice con aire categórico. En la pared una chica rubia va culminando su grafiti. Muchos hablan de ecología y semillas. Intercambian agendas. Y se invitan a participar en las asambleas.

Hay que sellarlo para que no atraiga a los animales"Nosotras llegamos al huerto con mi hija porque no sabíamos donde poner una plantas", explica Inma Trabal, una bibliotecaria que se enamoró del huerto. "Pronto me di cuenta de que lo de menos eran los tomates, sino que esto tenía un sentido profundo. ¡Es que es correcto! Lo mires por donde lo mires, este espacio es sano, sostenible, une, enseña, los niños respiran, ¡es correcto!", alega.

Una unión también fertilizada por los habitantes del Huerto Ambulante de Montecarmelo, en Madrid. Un huerto que fue ocupado para poner sobre la palestra el hecho de que en esos solares no se construyera un ambulatorio desde hacía tiempo. "Genera vida, yo estaba metido en mi sofá, hastiado, quejándome y sin hacer nada. Estaba aletargado. Sintonizas de pronto con la tierra. Es una terapia. Queremos sacar a la gente de sus casas, compartir, debatir, conocernos. Es un camino", explica Vidal, un comercial de 43 años inspirado por el 15-M. A los pocos días de realizar la entrevista este huerto fue desmantelado por el Ayuntamiento.

Patro, director de la antigua escuela epicúrea en Atenas (70 d. C.), emitió sus quejas al notable romano Memmio, que había comprado el huerto de Epicuro. Le exigía que no cumpliese con su determinación de construir viviendas. La historia nos ha ocultado el final. Pero sí ha transmitido el secreto hortícola: las lechugas no son inocentes. Tampoco los tubérculos, o la menta. Todas las huertas urbanas esconden este secreto. Fertilizadas por cientos de espíritus. Unidos en una escuela, juntos por un pretexto.

Tu propio huerto en un pequeño balcón

Los huertos caseros, en balcones y terrazas, han empezado a formar parte del escenario urbano. "Para crear tu huerto no es necesario un gran gasto", explica Bertrán Escolà, que disfruta de su huerto reciclado en casa.

  • El recipiente. Con un cubo de plástico o unas cajas de fruta se puede crear el recinto. Es necesario hacer unos agujeros en la base, o en el caso de la caja poner una tela que filtre el agua. El recipiente debe ser opaco para que no se quemen las raíces.
  • La tierra. Después debes incluir tierra rica, o sustratos. Lo mejor es comprar la tierra en algún vivero, supermercado, floristería, bazar o en un garden.
  • La siembra. Al plantar las semillas, el proceso más sencillo es utilizar planteles o germinarlas en agua con la semilla dentro de algodón. Regar y esperar los efectos del sol.
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