Pero las decisiones del primer ministro israelí, Ehud Olmert, y del líder de Hezbolá, Sayed Hasan Nasrala afectarán a millones de personas en sus países y más allá a medida que su enfrentamiento aumenta.

El conflicto, que comenzó cuando la guerrilla chií libanesa capturó a dos soldados en un ataque al otro lado de la frontera, pone de manifiesto un choque de las visiones de dos hombres decididos a rediseñar la región a su gusto.

Para Olmert, el ex alcalde de Jerusalén de 60 años, que llegó al cargo hace sólo tres meses con una mayoría ajustada, ha sido una ocasión de sumar apoyos para su liderazgo post-Ariel Sharon y muestra a sus enemigos que alguien que no sea militar puede saber manejar una situación así.

Para Nasrala, un erudito religioso de 46 años que tiene un amplio apoyo entre los chiíes, la mayoría musulmana en Líbano, ha mostrado sus agallas a Irán y Siria, sus sostenedores, y que la guerra de 24 años de Hezbolá contra Israel sigue candente.

Tras una semana de violencia, las encuestas en Israel muestran que la popularidad de Olmert, que estaba baja, ha alcanzado niveles máximos, con un 86 por ciento diciendo que la guerra contra la guerrilla es lo correcto y un 78 por ciento defendiendo que Olmert está haciendo un muy buen o buen trabajo.

El lunes, en un discurso de 20 minutos al Parlamento, el primero completo desde que comenzó la crisis, se mostró apasionado y retórico, callando a la normalmente agitada cámara al mostrar su determinación para luchar contra un grupo que ha dicho que le gustaría borrar a Israel del mapa.

'Hay días en la vida de una nación en las que debe mirar a la realidad y decir: ya basta. Y le digo a todo el mundo, hemos tenido suficiente', dijo.

LUCHA DE CONTRARIOS

Nasrala, por su parte, no se ha mostrado menos enardecido.

A pesar de cientos de ataques aéreos israelíes, dirigidos muchos de ellos contra su casa u oficinas, sigue apareciendo en televisión para denunciar al Estado judío y amenazar con una guerra abierta y duradera en unos largos discursos que logran apoyos muy amplios.

Dos horas después de que su casa fuera bombardeada, llamó a las cadenas de televisión con una confianza desbordante para decirles a los espectadores que miraran por sus ventanas y vieran a un buque militar israelí en llamas en las aguas frente a Beirut tras ser alcanzado por un misil guiado por un radar.

Aunque era tímido y poco conocido cuando en 1992 fue designado jefe de Hezbolá a los 32 años, Nasrala se ha convertido en una figura carismática que se expresa muy bien en público.

Con gafas y barba, el hombre del turbante negro bromea en sus discursos, en los que abundan más las referencias políticas que las religiosas.

Su popularidad es alta no sólo entre la comunidad chií, sobre todo por la retirada israelí del sur de Líbano en 2000, pero es incierto que consiga mantenerla en la crisis actual, en especial por el alto nivel de destrucción del país.

Sin embargo, sus financiadores sirios e iraníes apreciarán probablemente la atrevida guerra de Hezbolá contra el Estado judío.

Queda por ver cuál de los dos sobrevivirá políticamente.

/Por Luke Baker/