Matilde iba en metro a por su hijo

Trabajadora nata, cuidaba con devoción a su niño, discapacitado: La casa de Matilde huele a nuevo y a limpio.
Matilde
Matilde
Por fin estaban saliendo del bache y había redecorado su hogar, en Alaquàs. La tele tiene meses, como la mesa o los sillones.

Ella se sentaba en el del medio, todas las tardes. Por la mañana limpiaba en una casa y a la una cogía el metro para recoger a su hijo, discapacitado psíquico, en una residencia de Torrent. Iba en metro por no llegar tarde, pero no le gustaba.

No se le conocía más afición que estar en casa, cuidar de los suyos, llevar a su niño a Nuevo Centro o pasear los domingos. También era «un poco beatilla, lo normal de las mujeres», dice su viudo, Joaquín.

Estaba acostumbrada a pelear con la vida, hasta que la domó: cuidó de sus padres hasta que se quedó huérfana, a los 16 años, y su único hermano la trajo a vivir a Alaquàs. A golpe de tesón salió adelante, era «muy trabajadora, y caprichosa sólo para los demás; tenía para todos», recuerda Joaquín. Se conocieron en El Saler y se casaron en 1992. Luego vino su hijo, por el que sentía adoración.

No tuvo viaje de novios. De hecho, nunca hubo viajes, pero sí buenos momentos en el refugio doméstico. «Cocinaba demasiado. Era la número tres en la cocina, después de mi madre y mi abuela», dice Joaquín. Ella le compraba regalos e intentaba complacerlo: «Se dejó el pelo largo porque me gustaban las mujeres con el pelo largo». Ahora, a Joaquín sólo le queda de su adorado cabello una foto. Es la de arriba.

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