Una reunión de creyentes en Crismhom
Una reunión de creyentes en Crismhom. JORGE PARÍS

Este exreligioso dice que a muchos homosexuales sólo les quedan dos caminos cuando quieren vivir su fe: permanecer encerrados y experimentar cada vez más el mundo a través de una existencia dividida o salir y afrontar la hostilidad de la Iglesia.

¿Quién es usted?
Soy un joven de 30 años. Hace siete meses que dejé la vida religiosa después de 10 años siendo fraile.

¿Cuándo percibió su tendencia homo-afectivo-sexual? ¿Qué conflicto vivió en su aceptación, si lo hubo?
Creo que siempre lo supe, pero mi certeza llegó en los primeros años de la adolescencia, cuando el despertar afectivo-sexual es más intenso. Ahí pude descubrir de alguna manera, lo que ya sabía, que mi sexualidad era diferente a la de la mayoría de mis amigos. Nunca he tenido conflicto personal en cuanto a mi orientación sexual.

¿Por qué es miembro de Crismhom (asociación de creyentes LGTB)?
Mi participación en encuentros con diversos grupos LGTB cristianos trajo problemas y preocupación a mis superiores Para mí, como cristiano es importante vivir mi fe en una comunidad de referencia. Actualmente, dada la situación eclesial respecto a la homosexualidad, mi pertenencia a una parroquia o un movimiento estaría marcada por el ocultamiento de algo que forma parte de mi ser: mi orientación sexual. Por eso, para mí, como creyente, pertenecer a Crismhom es la oportunidad de vivir en plenitud mi fe cristiana, con unos hermanos que me acompañan, sin dejar de ser yo mismo. Para muchos homosexuales sólo les quedan dos caminos cuando quieren vivir su fe: permanecer encerrados y experimentar cada vez más el mundo a través de una existencia dividida o salir y afrontar la hostilidad de la Iglesia. Este último camino puede dejar herido y dividido. Creo que Crismhom quiere llenar un vacío que existe oficialmente en las diferentes iglesias y en el catolicismo en concreto para las personas LGTB. Creo que puede ser un punto de partida para comenzar a definir nuestra diferencia y a reflexionar juntos cómo afecta a nuestra fe. Funciona como un lugar donde podemos afirmarnos y ser afirmados en nuestra identidad como homosexuales y cristianos, donde podemos celebrar nuestra identidad y unidad. Por eso, no deja de ser una comunidad en los márgenes de las Iglesias institucionales, pero al mismo tiempo con un claro deseo de acercamiento y de diálogo.

¿Cómo es su vida diaria en su congregación-parroquia en relación a su tendencia homo-afectivo-sexual?
En este punto, tengo que hablar de algo ya pasado, pues como decía, hace unos seis meses que ya no soy religioso. Tengo que decir, que en la Orden en la que yo vivía, la orientación afectivo-sexual no era un problema por si mismo, cuando uno lo vivía en silencio. He de decir, que nunca tuve problema por mi orientación sexual en el convento. Es cierto, que muy pocas personas lo sabían. Pero he de decir que siempre recibí de estas personas, apoyo y ánimo para seguir adelante. Quizá el auténtico problema surgió cuando tomé postura a favor de una normalización del hecho homosexual en la Iglesia. Mi participación en encuentros y mi colaboración con diversos grupos LGTB cristianos trajo problemas y preocupación a mis superiores. El problema no era mi orientación, sino los problemas que podían venir a la Orden de una actuación abierta por mi parte en ese sentido.

¿Qué siente cuando oye a la jerarquía eclesial hablar en contra del matrimonio homosexual o descalificar a las parejas compuestas por personas de un mismo sexo?
No queda otra opción que un silencio resignado y precavido Me recomiendo a mi mismo paciencia, y la recomiendo a los demás. No son fáciles los cambios en una institución con más de dos mil años. Si a eso añadimos, que la Iglesia institucionalmente está en un momento de crisis, cualquier cambio, que comprometa su autoridad es visto como un enemigo. Y a día de hoy, la legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo, es la mayor prueba de ese cambio civil-religioso que se está produciendo. No me deja de sorprender como una de las cuestiones que más ataca el actual Papa y los obispos sea el tema del matrimonio entre personas del mismo sexo. Pero condenas iguales hubiéramos escuchado en el siglo XIX contra el modernismo, la democracia o los derechos de las mujeres. Todas estas guerras las ha ido perdiendo la Iglesia. Además a nadie le es desconocida la diversidad de opiniones que hay dentro de la Iglesia. Normalmente la jerarquía siempre ha sido desfavorable a cambios de cualquier tipo. Pero estos cambios se han ido produciendo en las bases. Así está pasando hoy.

¿Es la religión católica homófoba? ¿Es la Iglesia homófoba?
Tajantemente no. El tema es complejo y delicado.  Son demasiados siglos de proscripción en los que la homosexualidad era considerada como el principal pecado vergonzante. Todavía hoy, en las estructuras oficiales de la Iglesia no queda otra opción que un silencio resignado y precavido. ¿Cómo puede hablar un candidato al sacerdocio o la vida consagrada de un tema que le excluye de la opción que desea tomar? Este silencio dificulta la libre expresión de la propia sexualidad, y, consecuentemente de su comprensión objetiva.No son pocos los teólogos que están pidiendo que en este tema se tengan en cuenta los avances de la ciencia. Por ahora, por parte del magisterio, la acogida de estas nuevas posturas es desfavorable y duramente condenada. Pero entre las personas creyentes se empiezan a dar cambios significativos, que poco a poco, de una manera lenta, pero sin pausa, irán dando cauce a una nueva valoración de la homosexualidad

Comunidad gay e Iglesia, ¿cómo percibe la relación?
Es incompatible el vivir cristiano con la vivencia de nuestra orientación sexual según el Evangelio La Iglesia se ha sentido y se siente aún amenazada por el hecho de la homosexualidad. Todavía hoy la persona que expresa su sexualidad de modo diferente es considerada un peligro, alguien que no se comporta del modo establecido. Hay muchas personas heridas por este rechazo.La relación a día de hoy es tensa y conflictiva. Hay demasiados prejuicios por ambas partes. Estoy convencido de que la Iglesia tiene mucho que aportar a los colectivos LGTB sean o no sean cristianos.

¿Qué le diría a la Archidiócesis o a la Conferencia Episcopal sobre su realidad?
Primero les invitaría a que nos conocieran. Hasta hace muy poco, los manuales de moral, que la mayoría de los obispos han estudiado nos definía como personas enfermas, depravadas, con una tendencia a la inmoralidad y a la perversión. Este desconocimiento produce miedo y negatividad. Y sobre todo, tiene que descubrir que muchos cristianos LGTB están comprometidos con la Iglesia y celebran la relación con ella. Somos la Iglesia, ahora. Haría un llamamiento a los obispos católicos a un gran esfuerzo de fidelidad creativa. Se hace necesario que la Iglesia ofrezca a las personas homosexuales un camino de crecimiento en la fe, desde su ser y no desde la negación de una orientación sexual que es también don de Dios. A la Iglesia, como creyente, como hijo, me atrevería a hacerle esta afirmación, que sale de mi propia experiencia de fe: que nos es incompatible el vivir cristiano con la vivencia de nuestra orientación sexual según el Evangelio.