Si no conoce al pescadero, puede que le den gato por liebre.

Ocurre con cierta frecuencia que se va usted todo contento con su dorada del Mediterráneo y resulta que es de piscifactoría.

O con las gambas frescas y en realidad están descongeladas. Pequeñas trampas que duelen al bolsillo y que es posible evitar si los vendedores cumplen con la norma europea que obliga desde hace tres años a mostrar al cliente las características del producto, bien en la etiqueta o en una tablilla al lado.

 Pero, eso sí, bien a la vista. Ayer, ningún puesto del mercado Central informaba a sus usuarios de si el pescado era de criadero o de mar. Incluso, uno de los dependientes que pasaba de la norma mostró a 20 minutos la circular del Ayuntamiento recordando la obligación de tener junto al producto una etiqueta de 9 centímetros en la que se detalle el nombre de la especie, el método de producción (pesca extractiva, criado o marisqueo), zona de captura y hasta la fecha de caducidad si es congelado.

«El mismo cartel» La responsable del servicio municipal de Sanidad, Laura Fernández, asegura que hay inspecciones periódicas y «se puede multar y perder la licencia si no se demuestra la procedencia del pescado». Para J. G, con un puesto en Atarazanas, la etiqueta no es garantía: «Puedo tener una rosada de hace tres días y otra de hoy, y a todas les pongo el mismo cartel».

Así, y mientras no se cumpla la norma, los usuarios siguen con el método de toda la vida: fiarse del pescadero. «Si me engaña no vuelvo», asegura M. V. V, que lleva 10 años con el mismo. También funciona el truco de las agallas y el brillo de los ojos.