Erdogan
El primer ministro turco, Erdogan. REUTERS

El lobo feroz del islamismo que representaba el primer ministro turco, Recep Tayyip Erdogan, no vino, pese a los augurios más pesimistas de activistas laicos y detractores de este pragmático y carismático político. En vísperas de los comicios generales de julio de 2007 funcionarios públicos, analistas y la prensa más adversa a los islamistas moderados del gobernante Partido de la Justicia y del Desarrollo (AKP) lo veían con aprensión y como el sepulturero del Estado laico turco moderno, fundado por Kemal Atatürk en 1923.

Cuatro años más tarde los adversarios del islamismo observan más bien con angustia que Erdogan puede perpetuarse en el poder, primero si gana los comicios generales de este domingo como jefe del gobierno (por tercera vez consecutiva) y después como un presidente con amplios poderes ejecutivos siguiendo el modelo francés. La "agenda secreta" de los islamistas para convertir a Turquía en un Estado de corte islámico debe haberse quedado en algún recóndito armario ideológico, a juzgar por las escasas muestras de voluntad de Erdogan y del presidente, Abdullah Gül, para llevar a cabo la tan cacareada profunda transformación religiosa del país euroasiático.

La restricción de ventas de bebidas alcohólicas en algunos supermercados, el libre acceso de estudiantes femeninas a edificios universitarios con el tradicional pañuelo de cabeza, una prenda que comparten las esposas de Erdogan y Gül, y la adjudicación de cargos del AKP en la Justicia, ministerios y administración de enseñanza son algunas de las muestras más perceptibles que habían levantado las suspicacias en este sentido. Pero casi nueve años después de el AKP accediera al poder, incluso los sectores más críticos a esta formación política conservadora admiten que los temores de una islamización no eran solo exagerados sino infundados.

Joost Lagendijk, ex eurodiputado y profesor de la Universidad Sabanci en Estambul, explicó que siempre consideró la teoría de la "agenda secreta islamista" del AKP como una falacia, tal como ha quedado demostrado ahora y que el gran capital de este partido ha sido la gran e indiscutible prosperidad económica en Turquía de la que se ha beneficiado un amplio sector de la población bajo Erdogan.

También el jefe del instituto demoscópico Konda, Tarhan Erdem, desestima la hipótesis islamista como un peligro real. Erdem coincide con Langendijk en que lo mejor para una evolución saludable de la democracia en Turquía es que Erdogan no logre una mayoría aplastante, de 367 o más de 550 escaños del Parlamento para evitar convertir en realidad su sueño presidencialista a la francesa gracias a una nueva Constitución, para la que no necesitaría convocar un referéndum.

Pero también parece que en ese caso podrán dormir tranquilos quienes, además, ven con preocupación los crecientes rasgos autoritarios, o incluso totalitarios, de Erdogan, con una concentración tal de poder en sus manos, puesto que las encuestas le conceden en el mejor de los casos 345 escaños, insuficiente a todas luces para convertirse en un Napoléon neootomano. También se acusa al jefe del gobierno turco de haber incrementado su retórica nacionalista, un indicio más de su potencial autoritario que arrastraría a la nueva legislatura, pero se trata, según Erdem, más que nada de una mera y efímera estrategia electoral.

Esta estratagema, de dudoso rendimiento electoral, puede haberle costado a Erdogan no solo las simpatías, sino también los votos de bastantes kurdos que en 2007 le dieron su apoyo y a los que en los últimos tiempos había prometido más derechos y la búsqueda de una solución al sangriento conflicto que ha costado más de 45.000 muertos en una guerra no declarada desde 1984.