Souto de Moura, ganador del Premio Pritzker
El estadio municipal de Braga, diseñado por el arquitecto portugués Eduardo Souto de Moura. REUTERS

¿Adiós al despilfarro, a lo estrafalario, a lo colosal? ¿Adiós a los grandiosos edificios concebidos para abrir bocas? Quizá, y es lógico: en días de (presunta) ecología y (obligado) ahorro, ¿tenía sentido entregar el Pritzker, el 'Nobel de la Arquitectura', a un arquitecto estrella? No.

El galardón, que otrora recayera en Niemeyer, Gehry o Moneo, ha sido concedido este año a Eduardo Souto de Moura (Portugal, 1952), autor de una obra más discreta y anónima que la de los anteriores. Una obra, según el jurado, "que une modernidad y ecos de la tradición".

Construcciones naturales

Los proyectos de Souto no impresionan a simple vista ni se desperdigan por el mundo: sus museos, escuelas o casas se concentran casi siempre alrededor de su Oporto natal (donde proyectó el metro), aunque también han dejado huella en Alemania, Italia y la localidad gerundense de Llabià.

Fumador, achaparrado, su aspecto se aproxima más al prototipo físico del carpintero o del zapatero que a la finura de un lord como Norman Foster. Sus propósitos también parecen más terrenales: "La gran arquitectura", dice, "viene de la capacidad humana de hacer coexistir construcciones y naturaleza".

Por eso su estudio es diminuto, y su estilo minimalista y sencillo. Lleno de viviendas unifamiliares, de una o dos plantas, siempre diáfanas e íntimamente relacionadas con el medio que las rodea. Muscular y monumental, su obra pública también tiene mucho de humilde: el Estadio de Braga, construido para la Eurocopa de 2004, carece de tribunas detrás de las porterías y yace junto a una cantera. Su belleza se funde con el paisaje. ¿Por qué? Porque perforar la montaña anexa, para expandirse y arrebatarle su piedra, era para Souto "un drama".

Los proyectos de Souto no impresionan a simple vista Eficacia y moderación en el uso de los materiales de construcción. Reducción del consumo energético. E integración en las condiciones climáticas e hidrográficas que lo rodean: esos son algunos de los mandamientos de la arquitectura sostenible, concepto manejado desde los años setenta (casualmente, también en medio de una crisis petrolífera). Una filosofía a la que la actual situación económica y energética no hace más que dar la razón: por eso las obras de Emilio Ambasz, Charles Correa o el desaparecido Victor Olgyay, por citar solo tres nombres, muestran un camino cada vez más transitado.

España, a la cola de la arquitectura sostenible

España no es una excepción. Aunque a la cola europea de edificación sostenible, es posible encontrar excepciones, como la de Bambú, un edificio diseñado por el estudio Foreing Office Architects y construido en Carabanchel (Madrid) que recibió un premio del Royal Institute of British Architects (RIBA).

El arquitecto Alejandro Zaera empleó bambú para envolver la estructura, aunando así una original estética con una espectacular protección contra viento, lluvia y sol. No es el único edificio español verde: el Parque Empresarial Alvento (Madrid), la sede central de Sanitas (Madrid), la sede de Endesa (Madrid) o la Ciudad Financiera del BSCH (Madrid) fueron seleccionados por el Japan Green Building Council como ejemplos sostenibles.

Pese a ello, la sostenibilidad sigue siendo marginal en la arquitectura española. Hace una década apenas era nombrada en las universidades de arquitectura: en la actualidad, sigue interesando a una minoría.

Calderón apuesta por una arquitectura "simple y con mayúscula" Aurelio Calderón, responsable del estudio de arquitectura sostenible Laureana, explica que los clientes que van a su empresa tienen un perfil muy concreto: personas "concienciadas, interesadas por temas medioambientales y que quieren una casa sana, que ahorre, que sea eficiente y esté hecha con materiales locales". Es decir, arquitectura, para Calderón, "simple, y con mayúscula". "Lo triste es que tengamos que darle un apellido como sostenible, sustentable o ecológica, para diferenciarla de lo que se viene haciendo", se lamenta.

Sin ayudas oficiales

¿Por qué esa terquedad en erigir edificios antinatura? Por la costumbre, la rapidez y, claro, el dinero. Importar materiales de China (con el enorme gasto energético que conlleva) o diseñar viviendas sin tener en cuenta la orientación solar (lo que permitiría, por ejemplo, evitar el uso de aire acondicionado en verano o reducir la calefacción en invierno) tienen un coste inmediato que muchos no quieren (o pueden) afrontar. Y, lo que es más grave, que tampoco reduce ninguna ayuda oficial: Calderón dice que el sobrecoste de una vivienda verde es del 15 o el 20%, gasto que a medio plazo se amortiza.

"Pero no hay ayuda estatal ni local para fomentar políticas de ahorro y eficiencia, ni para publicitar estas iniciativas", asegura. Decisiones como la concesión del último Pritzker, el lento pero creciente debate y, por desgracia, la propia degradación de nuestro entorno obligarán, seguro, a un cambio de planteamiento.

Casas de lana de oveja, tierra, paja...

Vuelve lo antiguo, lo barato, lo local: aislamientos de lana de oveja para cubiertas, cerramientos de paja o BTC (bloque de tierra compactado). Basado en la construcción de adobe o en el tapial, el BTC es tierra excavada con una mínima cantidad de estabilizante (cemento o cal hidráulica). El resultado no requiere cocción (con el consiguiente ahorro energético) y nos retrotrae a la sensación de entrar en esas casas antiguas, sólidas y cálidas en invierno, pero frescas en verano.