OPINIÓN

Francia y la 'grandeur' nuclear: mucho más que un portaviones de 7.000 millones

El portaaeronaves francés 'Charles de Gaulle' comienza las operaciones contra Estado Islámico en Irak
Francia y la 'grandeur' nuclear: mucho más que un portaviones de 7.000 millones.
El portaaeronaves francés 'Charles de Gaulle' comienza las operaciones contra Estado Islámico en Irak

Francia contará en 2038 con un nuevo coloso de los mares. El Gobierno francés acaba de aprobar la construcción de un portaviones que sustituirá al actual Charles de Gaulle, que, tras más de 40 años de servicio en la marina francesa, pondrá fin a su singladura.

Sin duda es una decisión arriesgada, tanto por motivos políticos como técnicos y económicos. Entre los primeros, quizá los más relevantes, la decisión de Emmanuel Macron se plantea desde un prisma de liderazgo. Resulta cuestionable que, en mitad de una pandemia que se ha llevado por delante a 60.000 franceses y ha incrementado de forma considerable la tensión social en el país, se anuncie la mayor inversión militar en la historia de los galos. Pues Macron ha apostado por hacerse valer y, pese a navegar contracorriente, lanzarse a la piscina, con la esperanza puesta en que haya algo de agua debajo que amortigüe el golpe.

Con respecto a los técnicos, la fortaleza aeronaval francesa está lejos de toda duda. Sus capacidades le permiten mantener desplegado parcialmente un portaaviones de propulsión nuclear con un desplazamiento de 40.000 toneladas, con posibilidad de despegue y aterrizaje de aviones de cuarta generación, como los Rafale, o los más convencionales y actualizados Super Etendard y Hawkeye, así como los últimos helicópteros en incorporarse al arsenal europeo: los NH-90 MTT.

El hecho de disponer de dos buques de estas características en 2038 proporcionará a los franceses la posibilidad de poder mantener siempre operativo, aunque sea por un breve espacio de tiempo, un navío con capacidades de ataque aéreo desde portaaviones y el apoyo para el desembarco de unidades y operaciones en tierra, incluso en profundidad, como ya han demostrado en distintos teatros de operaciones en Afganistán, Libia o Siria.

Resulta cuestionable que, en mitad de una pandemia que ha incrementado la tensión social, se anuncie la mayor inversión militar en la historia de Francia

Francia mantendrá así su capacidad de respuesta, un aspecto esencial en la política exterior y de defensa gala, que puede presumir de responder a cada ataque terrorista que se produce en su suelo de manera casi automática. Aun limitada, en cuanto a su efectividad de respuesta global, su disponibilidad y capacidad de transporte y combate es un importante acicate de replica antiterrorista no estadounidense, en un fenómeno cuya globalidad trasciende a las fronteras de un único país.

La tradición francesa y la lógica estratégica siempre aconsejan dotarse de al menos dos unidades con capacidades similares para tener operativa al menos una de ellas, especialmente cuando su gemelo esté empeñado en paradas programadas o sea recomendable su atraque en puerto. Así ocurría cuando los portaviones Clemencau y Foch surcaban los mares, posicionando a Francia en el exquisito club de poseedores de aeropuertos marinos con capacidad para proyectar la fuerza allá donde se necesite.

Entre los factores económicos pesan notablemente los 7.000 millones con los que el erario francés sufragará su botadura. 7.000 millones son muchos millones. Pero para tener una idea de su dimensión hay que acudir a algún otro parámetro que nos permita entender, en su correcta magnitud, hasta el último céntimo de un gasto público diferente al sanitario o social en tiempos de pandemia.

7.000 millones es exactamente el gasto anual de España en primas renovables, que suponen el 13% del total de la factura eléctrica de los consumidores españoles y que próximamente pagarán las empresas comercializadoras y suministradoras de energía. La cifra que manejan los galos para construir esta obra maestra de la ingeniería es el 70% del presupuesto militar español y supondría la construcción de 70 hospitales como el recientemente inaugurado (o no) ‘Enfermera Isabel Zendal’ en Madrid.

La respuesta es nuclear

¿Qué puede llevar a Francia a destinar tal cantidad de dinero a un buque que no estará operativo hasta 2038? La respuesta a esta pregunta no es en absoluto sencilla y encuentra, en parte, sus raíces en la apuesta gala por la energía nuclear. Construir un portaviones propulsado por turbinas de gas y diésel, como el recientemente incorporado por la Royal Navy británica, el Prince of Wales, reduciría los costes aproximadamente a la mitad, pero Francia ha querido dejar clara su apuesta por una tecnología energética que ha sido su emblema durante décadas.

Aunque la utilización de energía nuclear en el país vecino data de 1956, el impulso definitivo a esta tecnología se produjo en 1978, momento en el que entraron en funcionamiento los reactores de agua ligera copiados de los estadounidenses que aportaron mucha más seguridad y eficiencia al sistema nuclear francés. El periodo de vida útil de estas centrales está llegando a su fin. Tras el cierre de la polémica central de Fessenheim, estaba prevista la clausura de otros seis reactores para este año.

Sin embargo, Emmanuel Macron pospuso esta decisión, dando unos años más de vida a estas instalaciones, abogando por un cambio en el mix energético del país. París pasará del 70% de generación nuclear actual al 50% en 2035. De esta manera, la cesta energética francesa quedará repartida entre renovables y nuclear, formando un particular ecosistema energético que, paradójicamente, será el más limpio del continente para esa fecha.

La decisión de optar por un portaviones nuclear supone un espaldarazo al también buque insignia energético de Francia. Macron ya señaló que el futuro del país, como gran potencia, “reside en la industria nuclear”, un elemento geoestratégico diferenciador con respecto al resto de potencias de la Unión Europea y que la posicionan como la única con capacidad para aerotransportar armas nucleares en su nueva adquisición.

La excepción francesa, además de cultural, será nuclear, y con ella toda una industria e inversión tecnológica, que dista mucho de ver su extinción cercana. Francia asegurará su independencia energética y lo hará al coste que sea necesario. Hay muchas cosas que están cambiando en la política europea. Una de ellas es que Francia quedará como un remanente de la utilización de esta fuente energética en Europa, pero también recuperará la ‘grandeur’ y proyección exterior que tan largamente se ha añorado en el país. En eso consiste, precisamente, el liderazgo público: en mantener a toda costa la grandeza.

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