OPINIÓN

Beriain y Fraile: cuando la crónica no es el final

David Beriain y Roberto Fraile
David Beriain y Roberto Fraile
EFE
David Beriain y Roberto Fraile

Los devoradores de información internacional hemos perdido a dos grandes. A dos personas que viajaban a lo más profundo y oscuro del abismo del ser humano para contar sus historias. Cuentos de otra realidad. Otros mundos y dimensiones dentro de un mismo planeta que, siendo apasionantes, son incapaces de competir económicamente con la industria del entretenimiento actual. Un negocio más centrado en ofrecer vídeos cortos de perritos con lazos que en realizar el "periodismo de inmersión" que defendían David Beriain y Roberto Fraile.

Colombia, México, Siria, Afganistán, Malí, Libia, Sudán… son sólo algunos de los países en los que estos dos periodistas nos sumergieron hasta el corvejón. Su trabajo mostraba la crueldad, violencia y desprecio por la vida humana que se vive a apenas unos kilómetros de distancia de cualquiera de nuestros chiringuitos de playa. También nos narraron el deseo del ser humano por vivir, la adaptación a las circunstancias de los más débiles, de aquellos que sufren las consecuencias de las guerras y los conflictos repartidos a lo largo y ancho del mundo. Los lectores y consumidores de información internacional buena y de calidad os echaremos de menos.

Cada vez que cae un corresponsal o reportero en el extranjero nos acordamos de la grandeza del periodismo. Brota, como no puede ser de otra manera, el compañerismo entre los profesionales del arte de contar cosas. Se suceden las columnas con anécdotas varias que refuerzan el carácter humano y la heroicidad de aquellos que tienen las narices y ganas de lanzarse a lo desconocido con una cámara y un micro en la mano. Sin embargo, la realidad del periodismo de barro y sangre no es esa, o al menos no solo es esa y también debería ser denunciada.

Sacar una crónica o un simple artículo en una zona de conflicto es toda una proeza. Curiosamente no lo es solo por las condiciones extraordinarias que se requieren para narrar o filmar una catástrofe humanitaria. Lo es, en mucha mayor medida, por la dificultad extrema de 'vender' la información a algún medio interesado en apostar por un producto que puede no llegar a leerse jamás. Bajo las grandes firmas, pocas, que aun quedan en las lejanas junglas o los áridos desiertos, se esconden cientos de periodistas que, como hacían Beriain y Fraile, se la juegan en cada paso fronterizo, en cada cuneta o en cada tetería de algún recóndito país en el que su vida no vale siquiera el café de la barra que toman sus asesinos. Todo por una información que compite en total desigualdad con el perrito con lazo de TikTok, este sí perfectamente financiado y ‘esponsorizado’.

El periodismo no puede ser solo heroísmo. Necesita una cosa tan sencilla como estar pagado y sobre todo asegurado. ¿Cuánto puede valer una crónica desde Alepo, Damasco, Mosul o el valle de Helmand?

Se sorprenderían. Hay piezas que se pagan por menos de lo que cuesta un menú de mediodía en cualquier colapsada terraza madrileña. Esta es la realidad de esos profesionales que se juegan la vida en cada una de las palabras que escriben. La figura del corresponsal está en peligro, al menos tal y como la entendíamos hasta hace unos años. La información internacional, especialmente la que se genera en zona de conflicto, requiere de tiempo y de mimo. De la creación y establecimiento de fuentes y redes fiables y creíbles que puedan aportar valor añadido a la mera descripción del horror.

Pienso que este tiempo a menudo es incompatible con la velocidad de la información que requerimos. Necesitamos conocer lo que pasa allí, en los Afgnanistanes, Iraks o Sirias de turno, pero lo necesitamos en un momento concreto, en una hora determinada. Cuando el ojo de la atención mediática se posa durante un instante en una zona en conflicto antes de salir disparada a la siguiente ocurrencia política o al insignificante movimiento del perrito con lazo.

Este fenómeno no sólo se da entre el reporterismo de guerra. Las corresponsalías, incluso las económicas, están en cuestión. Pagar por un corresponsal estable en Nueva York, Londres o Hong Kong no es barato ni fácil. Encontrar la financiación necesaria para que alguien pueda hacer un buen trabajo desde Washington o Bruselas de manera estable es costoso, especialmente cuando la información básica puede ser cubierta con la que proporcionan las agencias. Muchas veces el lector medio prefiere un titular corto y directo a una información sesuda y elaborada. Economía de la atención lo llaman algunos, pero responsables somos todos.

Es la diferenciación entre el periodismo de agencia y de análisis. Sin una bota o zapato sobre el terreno difícilmente se obtendrá un buen producto. Sin ese buen producto será imposible que alguien pueda pagar por él más del precio que cuesta un café. Es una pescadilla que se muerde la cola y de la que surgen corresponsales, insultantemente jóvenes, que, a golpe de tuit y ‘hastag’, pueden llegar difícilmente a fin de mes para contarnos otras maneras de ver el mundo o la economía.

La precarización del corresponsal no sólo se visualiza en el salario. Poder costear un seguro de vida o incapacidad es un sueño para aquellos que dan el salto al vacío y que pierden su condición de profesionales para convertirse en empresas. Solo de esta manera pueden ofrecer sus servicios a cuantos más medios mejor, en una búsqueda incesante de acumular artículos y piezas para pagar el elevadísimo coste de poder trabajar desde una zona en conflicto.

Beriain y Fraile eran héroes. No tanto por tener los arrestos necesarios para trabajar en los lugares más peligrosos del planeta, sino por ser capaces de sacar adelante sus vidas con dignidad hasta que se encontraron de frente con la locura de las balas. Aquí es cuando, desgraciadamente, pasaron a ser protagonistas de la información, dejando de ser aquello que anhelaban: mensajeros de la realidad.

Quizá el periodismo necesite menos héroes y más profesionales, jóvenes y veteranos, de medios de comunicación que les respalden y apuesten por ellos. El lector y el perrito con lazo lo agradecerían.

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