¡Dónde quedaron las grandes quedadas nocturnas donde empalmábamos las copas con las cañas! No era la única cosa que había cambiado. El sexo estaba relegado a un segundo plano ya que entre la cena y la película quedábamos extasiados en los brazos de Morfeo. Estaba claro que la situación debía cambiar o nos convertiríamos en la típica pareja de viejóvenes que se cansa de estar juntos a los tres años de convivencia.

Aquella noche la preparé para que fuera diferente. Debajo de mi pijama de cuadros escoceses se encontraba un conjunto de lencería naranja, el color favorito de Joan. El sujetador era balconeado de tal manera que si me estrujaba las tetas hacía arriba me hacía un canalillo increíble y sexy que le pondría a mil en un segundo. Del tanga colgaban un par de ligueros que no se adosaban a ninguna media. Con lo bruto que es mi chico probablemente las rompería de una tirada y no estaba la economía como para ir rasgando prendas delicadas.

El partido acabó con un aburrido empate a cero. Antes de que pudiera asaltar el horno para calentar la cena me coloqué encima de él haciéndole preso con mis piernas. Su cara de incredulidad y su media sonrisa me avisaban que no lo tendría tan difícil pero faltaba añadir un elemento más. Lo tenía todo preparado. Sólo debía ir a contenidos grabados y dar al play. La película se llamaba ''Katy y las chicas del barrio''. Joan me apretó al momento los dos carrillos del culo.

Nos besamos durante minutos. La poca conversación del film guiaba los pasos que tenía que seguir para cada una de mis acciones sexuales. Una descomunal actriz de pechos imponentes y labios carnosos visitaba la casa de su vecino para pedirle sal...y un poco de picante. Entre especias los protagonistas se comían mutuamente de manera desenfrenada. Con el rabillo del ojo imitaba todos sus lametazos. Joan miraba la acción e imaginaba ser el actor en plena orgía.

Katy escupía en los genitales de Rob Johnson, le espachurraba los testículos con sus manos coronadas de largas uñas postizas. Con la lengua giraba en círculos alrededor de su pene y le apretaba el perineo con la yema de los dedos. Buff...demasiada acción para Joan que jamás me había permitido cruzar la línea roja de su trasero. Le miré con ojitos de cordero degollado y se dejó hacer. Comprendía que estaba gozando por sus alaridos. Casi nunca gemía hasta el final del sexo pero hoy no paraba de hacerlo, de decir lo que le gustaba, de apretarme la cabeza contra su miembro y dejarme sin respiración.

Había olvidado que mi ropa interior pondría la guinda al pastel de noche. Me puse de pie y me desnudé delante de él. No me deshice de la lencería y sólo aparte el tanga hacía un lado. Me senté a horcajadas y me penetró tan intensamente que pensé que su glande tocaba la parte inferior de mi estómago.

La película había pasado a un segundo plano y Joan sólo se fijaba en mí. En mis tetas juguetonas que saltaban para liberarse del sostén y en lo poco que dejaba ver el tanga ladeado la parte más intima de mi cuerpo. Cogiéndome de los carrillos me miró fijamente mientras que llegaba al máximo de su placer. Yo hacía lo propio con mi cuerpo. Permanecimos fundidos en uno durante minutos. Sin habla, exhaustos. De fondo se seguían escuchando los gemidos de Katy. Joan me miró fijamente a los ojos y esbozando una sonrisa en su bonita boca me dijo: "A veces la realidad supera a la ficción".