La fórmula para comer la mayoría de chucherías no es complicada: tomas un bocado, disfrutas del ataque de dopamina causado por el azúcar y repites hasta que duele el estómago. Sin embargo hay una bastante diferente. Los Peta Zetas eran la típica golosina que abrazabas con pasión durante una época pero acababa cansando. Desde luego, no había ninguna otra como ella. Unas piedrecitas de colores que se meten en la boca y empiezan a hacer ¡pop! De forma inevitable, como cuando se hacen palomitas en el microondas.

Trozos de caramelo que golpeaban y rebotaban antes de romperse, creando un ruido crepitante y sibilante que sería alarmante si viniera de cualquier otro producto alimenticio. Y todo dentro de tu boca, que no sabías muy bien si de aquella ibas a volver a saborear algo o esa pequeña tortura china te iba a quemar la lengua para siempre. Cuando alguno estallaba más fuerte pensabas que podía atravesarte el paladar, pero no. Era bastante seguro, así que te volvías a comprar otro sobre. Podías también hacerlo con la boca abierta, y aquello era un concierto, además de una guarrada genial.

La idea fue del científico William A. Mitchell, que creó una nueva dimensión a la experiencia de comer caramelos en Estados Unidos gracias a la química. El resultado fue conocido allí como 'Pop Rocks', y empezó a venderse al público en 1975. Fue retirado al poco tiempo para volver de nuevo más tarde, aunque en España lo empezaron a vender en 1979. A fines de la década de los 50 Mitchell se preguntó si era posible crear una especie de tableta de gaseosa instantánea. Para ello, encontró la clave en el dióxido de carbono. El CO2 Es el mismo gas que le pone a la coca-cola, la cerveza y el champán para lograr su efervescencia, pero no es un ingrediente común en los alimentos sólidos.

Su idea era cocinar el CO2 dentro de caramelos, y aunque su experimento no despegó sentó las bases para el secreto de los Peta Zetas. Al igual que otros dulces de textura dura, esas piedras de colores se preparan mezclando azúcar, lactosa, saborizantes y aromatizantes. Una vez que esos ingredientes se funden, se hierven a 149ºC hasta formar un jarabe de azúcares muy espeso que pasa a un reactor que gasifica el jarabe con CO2 a una presión de 60 atmósferas, más o menos la misma presión que aguantaría una persona a 600 metros de profundidad. Y ese proceso consigue que se formen burbujas muy muy pequeñas dentro del líquido. Luego se enfría hasta que deja de ser un líquido denso, obteniéndose una gran masa de caramelo duro con burbujas atrapadas que ejercen una presión al sólido mayor, por ejemplo, que la que tiene una botella de champán.

Esa presión de dentro del caramelo es mayor que la presión exterior de modo que la masa se rompe en pedacitos, que son todas esas pequeñas piezas irregulares que conocemos como Peta Zetas. Si viéramos con suficientes aumentos podríamos ver las minúsculas burbujas a muy alta presión atrapadas. Eso es lo que hace que cuando llegan a la boca la saliva disuelve el caramelo que envuelve a las burbujas, pequeñas y poderosas bolsas de aire que se liberan estallando como pequeños petardos, generando los típicos ruidos y microexplosiones que conocemos. El dióxido de carbono a 60 atmósferas colisiona con la presión de atmósfera, por lo que sale en cuanto encuentra una mínima grieta y por eso son tan ruidosas. No se conoce ningún caso en el que un Peta Zeta haya hecho daño a nadie, incluso si se mezcla con gaseosa o coca-cola, un mito que se ha perpetuado mucho en Estados Unidos.

Aunque el efecto es, obviamente, un elemento que hace las chucherías más divertidas para los niños, en los últimos años la cocina de vanguardia ha encontrado un factor para la innovación en este tipo de caramelo. Incluso Ferrán Adriá ha incorporado los Peta Zetas en diversas creaciones, o el fallecido Darío Barrio, que inventó, por ejemplo, una combinación de foiegras micuit con el caramelo que chasca.