Llevaba días preparando la velada. Yo no soy un hombre muy atento y casi nunca tengo tiempo para besos. Ella lo sabía y quería sacar lo mejor de mí. Todo el mundo comenta que a mí se me gana por el estómago, pero jamás pensé en que me comería a mi pareja en una noche de desenfreno. O lo que es peor, que yo fuera un majar para ella.

Olía a especias ya en el descansillo. Canela, naranja, curry… Podía diferenciar los diferentes aromas mientras subía por la escalera del piso. Al llegar a casa tardó en abrirme la puerta. Aquel día me había quitado las llaves. Dijo que para no sorprenderla.

Tardó minutos en abrir pero mereció la pena tras ver la mujer que tenía al otro lado de la puerta. Cubría su cuerpo tan sólo un delantal que dejaba a la vista la mayor parte de sus senos y permitía admirarla desnuda totalmente por la espalda. Me dio la mano y se giró permitiéndome ver su pomposo culo. ¡Qué maravilla!

Me arrastró hasta la mesa del salón sobresaltándome al observar que no había platos, ni cubiertos, tan sólo dos copas de vino y un puñado de servilletas. Me invitó a tumbarme sobre el mantel, no sin antes desnudarme de una forma tan sexy y sutil que cuando bajó mis pantalones mi pene ya estaba totalmente erecto.

De esta manera tan excitante y a la vez tan embarazosa me convertí en el menú especial de la casa. Poco a poco colocó sobre mi cuerpo diferentes tipos de sushi, caviar en los pezones y hasta vertió una espesa crema de nata en mi pene que le convertía en un suculento volcán de sabores.

Comenzó por lo oriental, engullendo cada una de las piezas de un bocado. Mientras, bebía vino para volver a lamer mi torso. Las huevas comenzó a sorberlas mientras que con sus dedos palpaba los testículos. Ella necesitaba beber y yo sabía que no tardaría en explotar la fuente de mi deseo por lo que sutilmente empujé su cabeza hasta mi pene para que me lo comiese hasta quedar extasiada.

Con cada engullida notaba cómo se saciaba de mi sexo y en el momento en el que ya no podía más la volqué sobre la mesa y vertí mi crema sobre su pastel. Y así fue cómo me convertí en el postre de mi chica. O ella en el mío. Desde aquel día me recuerda, cada vez que me vuelvo más ácido, lo dulce que puedo llegar a ser si me convierto en el plato principal de la casa.