El perfeccionismo se percibe como una especie de don con el que algunas personas consiguen dejar todo lo que hacen mucho más impoluto que nosotros. No importa cuánto lo intentemos, siempre hay alguien que lo hace todo mejor, y para ello repasan todo una y otra vez. Puede que para los demás eso se perciba como una virtud, pero en realidad es más una especie de maldición. El mantener altas expectativas de uno mismo y de los demás es positivo hasta cierto punto, pero llevado al extremo una mentalidad que no permite errores puede tener otros “efectos secundarios” psicológicos que cuesta percibir a primera vista.

Entre otros, el perfeccionismo puede llevar a congelar la creatividad, aumentar el riesgo de depresión, ansiedad e incluso llevar al suicidio. Y es un problema que puede afectar a las nuevas generaciones, según investigaciones recientes que informan de que su búsqueda ha ido aumentando gradualmente entre los estudiantes universitarios durante el último cuarto de siglo. El estudio sugiere que estos tienen mayores expectativas de sí mismos e incluso de los demás que los que le preceden. Los jóvenes de hoy están compitiendo entre sí para enfrentar mayores presiones sociales para tener éxito, y hay una percepción de que el perfeccionismo es necesario para sentirse seguros, socialmente conectados y valiosos para los demás.

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En los experimentos se analizan los resultados de 164 encuestas de estudiantes universitarios estadounidenses, canadienses y británicos entre 1989 y 2016. Más de 41.000 participantes en total completaron la llamada escala multidimensional de perfeccionismo. Una encuesta que fue diseñada para medir tres variedades distintas de perfeccionismo: el orientado a sí mismo, que implica aferrarse a estándares imposiblemente altos; el prescrito socialmente, en el que percibes que los demás tienen expectativas poco razonables para ti; y el orientado a otros, en el que colocas estándares excesivamente altos en otros.

La manera de resolver la encuesta era indicar y valorar el grado en el que estaban de acuerdo con declaraciones como: "Cuando estoy trabajando en algo no puedo relajarme hasta que queda perfecto"; "cuanto mejor lo hago mejor se espera que lo haga"; y "tengo altas expectativas de las personas que son importantes para mí". Tras analizar los resultados, estos indican que los tres tipos de perfeccionismo aumentaron a lo largo de los años. El de tipo social, esa incómoda impresión de que los demás te están presionando constantemente para que nunca la cagues, fue el que experimentó el mayor aumento desde finales de la década de 1980, con una subida notable del 33%.

Este hallazgo sugiere que los jóvenes perciben que su contexto social es, sencillamente, cada vez más exigente, que los demás los juzgan con más dureza y que están cada vez más inclinados (u obligados) a ser minuciosos y perfectos como un medio para obtener la aprobación externa. El perfeccionismo orientado al otro también creció un sustancioso 16%. Eso significa que las generaciones más recientes de estudiantes universitarios parecen imponer a todos los que les rodean estándares más exigentes y poco realistas. Es decir, un aumento de la competitividad.

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Sin embargo, el perfeccionismo autoorientado, o la tendencia a castigarse a sí mismo por errores menores, fue el que tuvo un menor aumento de los tres, con solo una subida del 10% en los 27 años. Con lo que al menos ese rasgo más problemático parece que tiene menos variación a causa de los cambios culturales. Sin embargo, la distribución geográfica sí parece tener influencia en los resultados: los universitarios estadounidenses son más propensos a mirarse en estándares poco realistas que los del Reino Unido o Canadá. Lo que puede explicarse por la cultura individualista y meritocrática de Norteamérica.

Y en este detalle es en donde se aprecia la importancia del perfeccionismo como indicador social. Podemos comprobar cómo la desigualdad de ingresos, que está aumentando en todo el mundo occidental, es seguramente un motivo enorme para el aumento de la presión sobre los jóvenes para que intenten ser lo mejor que pueden llegar a ser. En general, la cultura occidental se ha vuelto más individualista, materialista y segregada económicamente durante el periodo que se estudió. Hay un entorno más competitivo, expectativas absurdas y también padres más preocupados y controladores, con una presión familiar más intensa, por la ansiedad de estar bien posicionado en la sociedad.