Un documental y un debate acercan la situación de las personas desplazadas
Polo Menárguez, Aboubakar Sambake, Abdul  y Dana García. Elena Haza

Huir de tu hogar, marcharte, dejarlo todo atrás. Recorrer miles de kilómetros, cruzar fronteras, gastar –en muchos casos- todos los ahorros de tu familia, dormir a la intemperie, traspasar vallas, fronteras, esconderte de la policía, de los militares, evitar morir ahogado en el Mediterráneo o congelado en la ruta de los Balcanes. La historia nos suena, las imágenes vienen a nuestra cabeza. Migrantes, refugiados, desplazados. Los movimientos forzados de población aumentan. Casi setenta millones de personas se vieron obligadas a abandonar sus casas debido a guerras, violencia y persecuciones, según el Informe 2017 de CEAR (Comisión Española de Ayuda al Refugiado).

Siria fue el país con un mayor número de personas refugiadas, seguido de Afganistán, con 2,5 millones (Tendencias Globales: Desplazamiento forzado en 2016 de la ACNUR). Muchos de los que abandonan sus países para evitar el horror, llegan a lugares como Serbia. Allí se han desplazado y continúan desplazándose cientos de personas que buscan acceder a Europa. No es fácil entrar, ni tampoco sobrevivir al invierno serbio, especialmente el pasado año cuando una ola de frío dejó a los termómetros en temperaturas de hasta 21º bajo cero.

En este contexto, decidió grabar Polo Menárguez su documental Invierno en Europa, que ha tenido ocho nominaciones a los Premios Goya. “Las colas de comida recordaban a un campo de concentración”, afirma. Habla de las condiciones en las que vivían afganos, sirios y pakistaníes en unos barracones abandonados pertenecientes a una antigua estación de tren en Bucarest, durante el invierno de 2017. Allí también nació No Name Kitchen (NKK), una asociación que ofrece ayuda a los refugiados. Empezaron sirviendo comidas en los barracones y actualmente trabajan en la localidad de Sid, situada junto a la frontera con Croacia.

Abdul participando en la proyección de Invierno en Europa

En Belgrado, Abdul conoció a NKK. Tiene 25 años, abandonó Afganistán en 2016 y llegó a España el pasado junio. Su familia pagó a una mafia 22 mil dólares -todos sus ahorros- para que llegara de manera segura a Alemania. Sin embargo, jamás ocurrió. Tras un largo y peligroso viaje, noches sin dormir, días sin comer, kilómetros infinitos recorridos a pie, después de atravesar países como Irán, Turquía o Bulgaria, de huir de la policía y de los militares, llegó a Serbia, donde los traficantes dejaron de contestar a sus mensajes.

«"Talibán, ¿qué haces en mi país?", me decían. Si te dijeran eso, ¿cómo te sentirías?», se pregunta Abdul. Abandonado, engañado y congelado entró en Belgrado. Los dos primeros meses los pasó en un parque, a la intemperie. Posteriormente, en un golpe de suerte, consiguió espacio en los barracones de la antigua estación de tren, donde vivió durante cinco meses. Allí le esperaban un techo y unas paredes, alguna manta, pero podía seguir olvidándose de las duchas o las ventanas. El humo inundaba el ambiente, las temperaturas bajo cero obligaban a las personas a quemar madera, creando nubes de humo tóxicas. “La situación de los refugiados era horrible, vivíamos mucho peor que los animales”, dice. El alimento llegó en diciembre, cuando una asociación llamada Hot Food comenzó a dar almuerzos. En febrero surgió NKK, quienes se encargaron de las cenas. “Damos las herramientas a los migrantes para que todos juntos preparemos la comida, cocinemos y recojamos”, cuenta Marc Balaguer, de No Name Kitchen.

Fue esta asociación, la encargada de organizar la proyección de Invierno en Europa en el Centro Social La Ingobernable la tarde del jueves. En una sala llena, multitud de ojos curiosos se impactaron con las imágenes del relato audiovisual, guiados por el humo constante con el que convivían los refugiados o las pintadas con mensajes como “Please, don’t forget about us” (por favor, no os olvidéis de nosotros) y con los testimonios de sus protagonistas. Tras el visionado del documental, tuvo lugar un debate en el que participaron Polo Menárguez (director de Invierno en Europa), Aboubakar Sambake (Caravana Abriendo Fronteras), Abdul (solicitante de asilo en España) y Dana García (SOS Racismo Madrid).

El evento, pretendía dar visibilidad a la situación de los refugiados a través de las imágenes de Invierno en Europa y el testimonio de Abdul, pero también se quiso relacionar esa realidad lejana con la que tiene lugar en las fronteras de nuestro país. “La vulneración de los derechos pasa en todos los lados, todos los días y en todas las fronteras”, afirmó Dana García, activista en SOS Racismo Madrid, una asociación que lucha contra el racismo y la xenofobia.

“¿La gente piensa que venimos por gusto? Tanto los refugiados como los inmigrantes salimos de nuestro país no por diversión, sino porque no hay más remedio”, dice Sambake. Este joven originario de Mali realizó, con tan solo 14 años, un largo viaje para llegar a España. Su mundo cambió radicalmente al recorrer todos esos kilómetros. Pasó por Argelia y Marruecos, consiguió sobrevivir y cruzar la valla de Ceuta. El 1 de agosto de 2013 llegó a España y vio que el paraíso que había imaginado tantas veces no tenía nada que ver con la realidad.  El 3 de febrero, fue junto a la Caravana Abriendo Fronteras a Ceuta y se manifestó para reivindicar un buen trato y acogida hacia las personas inmigrantes en nuestro país.

Ahora, Sambake, al igual que Abdul, quiere integrarse en España. Mientras tanto, miles de personas dejarán su hogar, abandonarán la vida que conocen para tratar de sobrevivir. Muchas morirán en el camino, algunas, conseguirán llegar a sus destinos, allí el futuro que les espera es incierto. Queda mucho por mejorar, desde la comodidad de nuestro sillón, olvidamos la realidad a la que se enfrentan otras muchas personas. Eventos como el organizado por NKK pueden ser un paso más para crear sensibilización, abrir los ojos y ver más allá de lo que tenemos en frente. “Ojalá nadie rechace a otra persona, así el mundo sería más feliz”, concluye Sambake.