Un mamut de carreras
El camión y su piloto, Antonio Albacete.(Jorge Paris)
Arrancamos en el circuito del Jarama en compañía de Antonio Albacete, campeón de Europa de camiones en 2005 y que en la presente temporada lidera el torneo a falta de dos pruebas: la del Jarama (Madrid), el 1 de octubre, y la de Le Mans (Francia), el 22 del mismo mes.

A primera vista, un camión de carreras no impresiona como debiera. Es un bloque compacto menos agresivo que los mastodontes que nos podemos encontrar en cualquier carretera. Una vez que empieza a rugir el motor, «no muy ruidoso –como afirma Albacete– si no se juntan los 30 camiones en la parrilla de salida», el paisaje cambia.

Albacete no habla

La vuelta empieza en boxes, pero en pocos metros los 12.000 cc del camión se desatan y, como en las curvas sucesivas, Albacete apura al máximo, a veces sin tiempo aparente para frenar.

En todo momento prima la seguridad, lo que equivale a menos comodidad y a unas temperaturas de 60 ºC  dentro del habitáculo... aunque las ventanas vayan abiertas.

El asfalto, los árboles, los pianos (refuerzos en las curvas) se suceden a una velocidad endiablada que ahoga la respiración y piensas: «¡Que no nos la peguemos!».

El caso es que, tras 3.800 metros de recorrido, se te queda una expresión en la cara entre susto y excitación, si no fuera porque Albacete no ha dicho ni palabra en toda la vuelta, a pesar de nuestros gritos; sólo que el camión consume ¡dos litros de gasolina por kilómetro!

Dos reporteros en un camión

Eugenio G. Delgado «¿Estás preparado?», me pregunta uno de los mecánicos que trabajan con Antonio Albacete. «Creo
que sí», respondo precavido antes de que mi cuerpo empiece a sentir violentos tirones hacia delante y hacia atrás a causa de las salvajes aceleraciones y frenadas, dentro de un vehículo que, a pesar del piloto, se inclina en los giros como un bambú.

Jacobo Alcutén Sentado sobre 1.100 caballos y a dos metros del suelo (para subir al camión se necesita una escalerilla), la carretera parece mucho más pequeña. Sólo hace falta que Antonio Albacete aprete el acelerador para que la carretera se convierta en diminuta. En cualquier curva parece que vas a salir disparado de la cabina, aunque la experiencia, sin duda, vale la pena.