Transvulcania
Javier Heras en la llegada de la Transvulcania. José Feliciano

Viendo a Miguel Heras, Iker Carrera, Txus Mari Romón, Mónica Aguilera y compañía se acepta que Marvin Gaye y Tammi Terrell proclamasen que no hay montaña lo suficientemente alta ni valle muy profundo. Cuerpos atléticos, livianos, resistentes, cuerpos que alternan en su día a día unas obligaciones con una pasión, la de correr por la montaña. Los hay, claro, que andan más que trotan y que se consideran más montañeros que atletas. Un rico mestizaje.

No hay monte alto ni valle angosto, pero en los 83 kilómetros de la Transvulcania, ultramaratón cuya tercera edición se disputó el sábado en la isla de la Palma, se deben superar más de 8.000 metros de desnivel. Como poco, achanta.

La prueba salía a eso de las seis de la mañana desde los Faros de Fuencaliente para seguir el GR-131 (sendero de largo recorrido), pasar junto a los volcanes (San Antonio, Teneguía), crestear la Caldera de Taburiente, tocar el cielo en el Roque de los Muchachos (2.426 m) y descender hacia Los Llanos de Aridane. Heras y Carrera llegaron juntos tras algo más de siete horas y media. No hubo sprint y una moneda se decantó por el primero. "Aquí no hay rivales, solo compañeros", defiende Romón.

¿Y cómo correr una prueba así?

"Al final, la larga distancia es salir, probarse, conocer las sensaciones del cuerpo y acostumbrar la cabeza", indica Miguel, hermano del exciclista Roberto Heras. "Lo importante es llegar a meta –añade Mónica Aguilera–. Los éxitos y los tiempos vienen después". "Aquí –señala Carrera– la estrategia es aguantar. Y el que más aguanta, gana".