Gol de Silva
El centrocampista de la selección española de fútbol David Silva (d) celebra tras marcar ante Israel, durante el partido clasificatorio para el Mundial de Rusia 2018 disputado en el estadio de El Molinón, en Gijón. EFE

Con la selección española de fútbol hay una tendencia al desapego que es la misma que sienten muchos españoles por su país y por su bandera. Más que una forma de rechazo, juraría que se trata de una manera distinta de querer. En la naturaleza de nuestro pueblo está amar con casco y montar en moto sin él. Nos da más miedo el ridículo que el riesgo, y es un hecho comprobado que consideramos más honorable una fractura múltiple de huesos que de corazón.

Se entiende mejor si nos observamos en esa pequeña e íntima patria que es la familia. El español tipo puede renegar de sus padres o hermanos (amar con casco y con mono de cuero), pero no tolerará el mínimo desprecio de un tercero por poderoso que sea. De producirse, sacará la espada e invocará a Santiago.

Para reforzar nuestro sentimiento comunitario más allá de la autonomía correspondiente, necesitaríamos cada verano una invasión extranjera, preferiblemente francesa, o un Mundial de fútbol, en su defecto una Eurocopa. Sin disputa internacional caemos en la mayor de las desafecciones. Y eso es precisamente lo que nos ocurre ahora, cuando falta más de un año para el próximo Mundial.

Ser de un club, por cochambroso que sea, indica sentimiento de pertenencia y encomiable fidelidad

Admitámoslo. Cualquier excitación que nos hubiera generado el partido del pasado viernes ante Israel nos hubiera convertido en sospechosos de algo turbio. Ni el más fervoroso de los aficionados al fútbol se habría atrevido a retrasar una cita por el partido de la selección (clasificatorio, les recuerdo), pero sí lo hubiera hecho por un torneo de verano. Ser de un club, por cochambroso que sea, indica sentimiento de pertenencia y encomiable fidelidad, y así se percibe por el entorno, como una obsesión simpática. Ser de la Selección, y serlo a todas horas, sugiere sórdidas incursiones en las cloacas del Estado. Volvemos al prejuicio instalado y al sentido del ridículo. Te puede eliminar Italia, pero no te puede distraer Israel.  

Por si no lo vieron y todavía no se atreven a mirar les diré que ganamos a la selección israelí, que es un equipo de fútbol y no un destacamento del ejército o del Mosad. Lo señalo por aquellos que se pasaron la tarde manifestándose contra Netanyahu. Si no me explayo con la brillantez del juego español es porque sé que no faltarán quienes me digan que ya podremos, ja, que Israel es un equipo menor y que además no debería estar incluida en la UEFA, sino en la Confederación Asiática, junto a Irán, Siria, Irak y otros países amigos.

En fin, que es una suerte que mañana nos reciba Francia. Jugar en París y ser recibidos por la Marsellesa nos autoriza a emocionarnos un poco, incluso a cancelar una cita galante. Se puede ir de frente y apelar a las revanchas eternas (2 de mayo, Eurocopa 84, Mundial 2006) o disimular y plantear la cuestión como un frío visionado de Griezmann y Mbappé, jugadores de nuestra ‘propiedad’ (efectiva o potencialmente) y consuelos en caso de derrota. Lo más importante es que, de cara o de perfil, haremos gala de nuestro peculiar carácter y daremos más importancia al honor que a los puntos.

Ignoro si estas actitudes son reproducibles en otros países, pero temo que no. Según creo, Portugal celebra sin acidez el doblete de Cristiano Ronaldo ante Hungría y Andorra su empate a cero contra las Islas Feroe en el derbi hobbit. Tal vez sólo haya un país al que le pese tanto el escepticismo, Holanda, donde pusimos la pica y algo más. Su derrota ante Bulgaria deja a la ‘oranje’ al borde de la eliminación, nuevo fracaso tras quedar fuera de la última Eurocopa. Los ingleses son caso aparte. No sólo conducen por el carril contrario: se divierten en la clasificación y se deprimen durante los torneos.

El fin de semana convocó a otro tipo de españoles, los que gozan con el olor del combustible al amanecer. No fueron pocos lo que cambiaron la hora para sincronizarla con la de Australia. Y no fue para animar a Alonso, como podrían pensar los menos iniciados. Algunos lo hicieron para criticarle porque no le perdonan tanta decepción (el corazón roto, el amor con casco) y otros para jalear a Ferrari en la demostración más peculiar de adoración deportiva. También hubo quien apoyó a Carlos Sainz, estoy convencido.

Sobre dos ruedas nos fue mejor. El Mundial se abrió con los triunfos de Joan Mir (19) en Moto3 y Maverick Viñales (22) en MotoGP. En el caso de las motos cuesta más identificar lo que nos define como españoles: tal vez sea la velocidad, la individualidad, el desafío internacional, la proliferación de campeones o el amor por Rossi. Cualquiera sabe.