Kilian Jornet, el incansable buscador de emociones

Kilian Jornet, durante la inauguración de la tienda Salomon en Madrid.
Kilian Jornet, durante la inauguración de la tienda Salomon en Madrid.
SALOMON

Enjaulado entre las cuatro paredes del patio de la flamante nueva tienda de Salomon Store en Madrid, a la que acude junto a uno de sus llamados sucesores, Jan Margarit. Así parece sentirse Kilian Jornet. Hace 24 horas, trepaba por el Aizkorri en pos de su novena victoria Zegama. Dentro de otras 24, volverá a sus montañas noruegas y a cambiar pañales a Maj, mano a mano con Emilie, su pareja. Así que apenas tenemos un día para intentar descifrar a esta leyenda con pinta de tipo corriente antes de que escape a su hábitat natural: las cumbres... la soledad.

Quizás es al hablar de su hija cuando los ojos de Kilian más se iluminan. "Estamos teniendo mucha suerte porque duerme muy bien. Se hace tiradas de ocho horas seguidas durmiendo, así que somos afortunados y para cuidarla todo es cuestión de logística. Cuando yo entreno Emilie se queda cuidándola y cuando ella se va al monte, me toca a mi. No se me da mal".

La llegada de su hija no parece haber alterado en exceso los hábitos de Jornet. Han cambiado las prioridades, sí, pero mantiene la misma gestión del riesgo: "No es que ahora baje con más cuidado o tome más precauciones, no. Creo que soy una persona muy miedosa y siempre he sabido gestionar el riesgo en las cosas que hago. Evalúo el peligro de cada proyecto y veo si soy capaz de gestionarlo. Lo que pasa es que la gente te ve allí arriba, haciendo crestas y piensa que estás haciendo el loco, pero detrás de esa locura hay muchas horas de cálculo, investigación y reflexión. ¿Asumo más riesgo yo haciendo eso o quién contesta un mensaje de móvil mientras conduce? Soy consciente de mis virtudes y debilidades en la montaña".

La repregunta es inmediata: ¿Debilidades en la montaña? ¿Kilian Jornet? "Claro que las tengo. Por ejemplo, mi cuerpo no tiene ninguna fibra rápida y mi técnica de escalada tampoco es sobresaliente. Por eso, si veo que una situación es complicada o que por mis habilidades no voy a ser capaz de gestionar, no la hago. También conozco la resistencia de mi cuerpo y sé que después de 50 o 6o horas seguidas corriendo lo pasaré mal". 50 o 60 horas seguidas corriendo... debilidades...

La foto del Everest

Lo cierto es que Kilian Jornet va camino de convertirse en una especie deportiva en vías de extinción. Lejos quedan aquellas temporadas con 20, 30, 40 carreras. En 2019, solo tres pruebas de las Golden Trail Series y para de contar: Zegama, Sierre-Zinal y Pikes Peak. "Me apetece hacer cosas diferentes, ya no tengo ganas de hacer tantas carreras, quiero buscar otras sensaciones".

Ahí radica la razón de ser de Kilian, la búsqueda constante de emociones: "Está claro que ya no volveré a sentir lo que sentí cuando gané mi primera Zegama, aquella adrenalina tan brutal. Este fin de semana la gané y me gustó, pero tampoco sentí algo muy especial. Ya me da un poco igual ganar las carreras. Sé que esto suena raro, a ver, me encanta competir y si estoy en la prueba quiero ganarla y lo daré todo, pero cuando la gano... pues no siento algo muy especial. Sé que aquellas sensaciones no las voy a sentir nunca más corriendo y por eso las busco en otros proyectos, calculando rutas, leyendo mapas, experimentando... Eso me llena más a nivel emocional", concluye, para tristeza de todo el planeta trail.

En su libro de ruta vuelve a surgir el Himalaya, al que Jornet viajará en cuanto tenga los permisos y se vacíe un poco la zona. Ya saben, la famosa foto del Everest: "Me dio un poco de pena verla porque eso no es alpinismo. Es difícil encontrar el equilibrio porque también ese turismo es clave para Nepal y si lo restringes estás puteando a muchas familias".

Cuando dejamos a Kilian, todavía le quedan varias horas de maratón ante la grabadora. Luego, podrá volar a casa, por fin: "Es la vida que siempre me ha gustado, en la que me han educado desde pequeño, en la naturaleza, libre, sin gente alrededor".

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