El Valencia volvió a demostrar en la ida de los cuartos de final que la Copa del Rey es su competición de esta temporada, un torneo en el que el equipo no sólo encuentra la motivación suficiente para crecer, sino que le vale para rehabilitar futbolistas y seguir invicto. Si en eliminatorias pasadas reapareció Zigic, ayer, ante el Atlético, lo hicieron Villa y Silva. Dos buenas noticias, pero otra no tanto: el resultado es peligroso para la vuelta de la próxima semana.

Salvo en los primeros minutos, el rival tampoco mostró mucha resistencia al dominio local. Tal vez hundido anímicamente tras su última derrota contra el Madrid, sin varios de sus hombres importantes en el centro de campo y con un once físicamente débil, el Atlético fue un juguete para los de Ronald Koeman, dueños absolutos del balón, la posesión y las ocasiones.

Pero el gol se resistía. A los catorce minutos Villa lanzó una falta al larguero y, seis minutos después, ponía a prueba a Falcón, de lo mejor de su equipo. Silva resolvió. La temprana expulsión de Motta, exponente de la excesiva dureza rojiblanca, contribuyó al monólogo valenciano, que fue a más en la segunda parte con el debut de Maduro, que entró por la lesión de Baraja.