«Cuando un jugador cree en lo que hace, funciona mejor»

Vuelve convertido en flamante entrenador a la casa donde se hizo jugador de baloncesto.
Entre sus retos estará superar las marcas que dejó muy arriba su antecesor, Pepu Hernández, y afrontar una reconversión que permita que los jóvenes de Estudiantes tomen el poder sin solapar a los veteranos.
 
¿Por qué persiste en llevar perilla?
 
Me la dejé por primera vez en 1990 y, desde entonces, me acompaña a todas partes. Casi forma parte de mí.
 
¿Se la afeitaría si Estudiantes quedase campeón?
 
La perilla y más cosas. Sería fantástico.
 
¿No es muy tópico reafirmar eso de que vuelve a casa?
 
Es que en mi caso es cierto: aprendí a jugar al baloncesto en el Ramiro de Maeztu y me tiré después ocho años en sus filas, como profesional, en esa época en la que te formas como persona y deportista.
 
¿Se acuerda de cómo lo recibía la Demencia?
 
Coreaban algo así como «O-O-O, Orenga».
 
¿Aprendió más en Estudiantes o en el Madrid?
 
Me acabé de curtir en el Madrid –y también en el Unicaja y el Cáceres–, pero en Estudiantes fue diferente. Tuve a entrenadores como Paco Garrido, Pepu Hernández y Miguel Ángel Martín; y a mi lado, a un fenómeno como era John Pinone.
 
¿Cuántas juergas se corrió con Azofra?
 
Muchas. Ocho años como compañeros y amigos dan muchas oportunidades de salir a cenar y de compartir viajes y peripecias diversas. Es uno de esos amigos de verdad.
 
¿Cambiará ahora el trato entre el amigo y el entrenador?
 
Si alguna ventaja tengo con respecto a entrenadores más experimentados, es mi proximidad con los jugadores. En el fondo me sigo considerando un jugador en activo, y ya he pedido a mis jugadores, incluido Azofra, que me traten como a uno más.
 
¿Y cuando toque cabrearse?
 
Pues lo haré y santas pascuas. Echaré una bronca y soltaré lo que tenga que decir, y cuando los jugadores salten a la pista, sabrán qué es lo que espero de ellos.
 
¿Qué filosofía gasta?
 
No soy de esos entrenadores que imponen disciplina a base de sensaciones y dureza en el carácter; prefiero el diálogo. Me parece que cuando un jugador cree en lo que está haciendo, funciona mucho mejor.
 
¿No piensa apelar nunca a las pelotas?
 
En el baloncesto, siempre hay que echarle cojones, carácter, pero poco tiene que ver echarle huevos a jugar con inteligencia.
 
¿Le han ofrecido un contrato basura?
 
Tengo un buen contrato aprobado por convenio con la  ACB.
 
¿No está cagado? ¿No le tiemblan un poco las piernas?
 
Lo que estoy es ansioso por que comience ya la Liga.
 
¿Qué ha hecho mientras pasaba de jugador a entrenador?
 
Me casé y he tenido tres hijos. Toda una familia numerosa.
 
¿Algún crack en ciernes?
 
Creo que los tres. Desde el mayor hasta el más pequeño, que tiene dos años, tienen facultades.
 
¿Aguerridos como usted?
 
Mucho más inteligentes: todos juegan fuera de la zona.
 
¿A quién ve favorito para hacerse con la Liga?
 
Creo que este año va a ser muy complicado. Real Madrid, TAU, Barcelona, Pamesa y Estudiantes... Los cinco estamos igualados.
 
Pimpampum
 
¿Un color? El verde.
 
¿Un sabor? Salado.
 
¿Un olor? El del mar.
 
¿Una ciudad? Madrid.
 
¿Un país? España.
 
¿Su música? La de los sesenta.
 
¿Una película? El señor de los anillos.
 
¿Un libro? La vieja sirena, de José Luis Sampedro.
 
¿Un nombre de mujer? Begoña.
 
Magariños temblaba
 
Juan Antonio Orenga, castellonense y nacido en 1966, está casado y tiene tres hijos. Asegura que aprendió a jugar al baloncesto en el instituto Ramiro de Maeztu, cuna de Estudiantes, equipo donde dio el campanazo como jugador. Aún se recuerda el buen rollo que se creó cuando los Azofra, Orenga y compañía compartían vestuario. El polideportivo Antonio Magariños temblaba.
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