Parada de Ochoa
Guillermo 'Memo' Ochoa hace una milagrosa parada a tiro de De Vrij. EFE

Guillermo 'Memo' Ochoa, arquero titular de la selección mexicana, ha encajado 23 goles en los últimos ocho partidos de la Liga española, treinta si contamos los últimos doce. Los números resultan tan abrumadores que son muchos quienes le condenan sin necesidad de juicio. Además, entre todos esos goles se han colado algunos de difícil justificación, errores groseros que nos recuerdan el sarcasmo de Di Stéfano con uno de los porteros que frecuentó (añadan el acento porteño): "Yo no le pido que pare los tiros que van dentro, pero por favor no meta los que van fuera".

Sin embargo, existe para Ochoa una coartada con jurisprudencia en el mundo del fútbol: no todos los buenos guardametas sirven para cualquier equipo. Hay clubes que han buscado tradicionalmente porteros sobrios, tipos que aciertan moderadamente pero que no se equivocan nunca, gente muy seria con pantalones cortos. No es casualidad que dos mitos como Yashin o Iríbar vistieran de luto riguroso.

En los equipos que buscan milagros es donde prosperan porteros como Ochoa y CasillasEn el otro extremo se ubican los equipos que requieren guardametas para situaciones extremas; en este caso no buscan paz, sino milagros. Es el terreno donde prosperan porteros como Ochoa o a Casillas, cuyo valor principal reside en los reflejos y en eso que algunos llaman "tener suerte", pero que en realidad habría que denominar como "tener ángel", una virtud que se moldea a base de trabajo y mucha confianza, propia y ajena.

Para Ochoa todo habría resultado más sencillo si se hubiera concretado su fichaje por el PSG en 2011. Tenía 26 años y contaba con el talento y el encanto preciso para hacerse un sitio. Quién sabe. Es posible que todavía siguiera allí, de no haber comido un mal día carne contaminada con clembuterol. Mientras se aclaraba el caso (resuelto por la AMA sin sanción), se escapó el tren a París.

El Ajaccio, un club ascensor, resultó una alternativa equivocada. La lucha por la supervivencia no es el entorno adecuado para los porteros felices. Demasiada angustia alrededor. Los errores de un portero pesan más cuando no tiene delanteros que salgan al rescate; sus aciertos, sin el refuerzo de los goles propios, terminan por ser anécdotas. El Ajaccio descendió y Ochoa, una de las figuras de México en el Mundial 2014, recaló en Málaga.

En su nuevo destino no tuvo apenas oportunidades. El entrenador (Javi Gracia) prefirió al camerunés Kameni y Ochoa se pasó casi un año en blanco, tiempo suficiente para resquebrajar su confianza. Lo que le ocurre ahora en el Granada tiene su origen en aquellos meses. Sin confianza, Ochoa mantiene los reflejos pero ha perdido el ángel, lo que le convierte en un acróbata sin suerte. Exactamente lo mismo que le sucede a Casillas desde que Mourinho lo colocó en su punto de mira.

No es, por lo tanto, un problema de edad porque los guardametas alcanzan su nivel óptimo de maduración en la treintena. Es una cuestión mental que sólo tiene solución entregando al portero paciencia y confianza, justo lo que no pueden ofrecer los equipos en dificultades. Mal arreglo, salvo que recurramos al consuelo cinematográfico: siempre le quedará el América.

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