Edurne Pasaban
Un primer plano de la alpinista vasca Edurne Pasaban. JORGE PARÍS

Edurne Pasaban aún despierta de un respingo a las tantas de la noche, y se palpa manos y pies. Busca congelaciones que sólo habitan sus pesadillas, como aquella muy real que padeció esta primavera en las cumbres del Kanchenjunga, cuando "estuve más allí que aquí".

Nada queda de ese episodio, apenas una muesca en forma de congelación que Edurne siente en su anular derecho. La alpinista guipuzcoana desconectó en el paraíso de Yosemite –entre osos y mangantes de bici que guindaron la suya– y mañana aterriza en Katmandú (Nepal). Le espera su decimotercer ochomil, el Sisha Pangma, mole de 8.027 m que su compañero de expedición Ferrán Latorre bautiza como ‘la montaña simpática’.No voy a arriesgar mi vida en la montaña. Ahora tengo más miedo

"Si el Sisha nos trata bien, en octubre estamos de vuelta". Edurne –siempre amable y dicharachera– tutea al gigante pues hay confianza: tres batallas anteriores y todas resueltas con victoria de la montaña. "Ojalá a la cuarta vaya la vencida". Si va, a la colección de Pasaban sólo le restará el Annapurna, cima que aborda por estas fechas la coreana Eun-Sun, transportada a la ‘sillita la reina’ de cima en cima para ser la primera mujer en completar el círculo de los 14 cielos del planeta. "Creo que no seré la primera y me da un poco de rabia, pero no voy a arriesgar mi vida en la montaña. Ahora tengo más miedo".

El decimoquinto reto llevará nueve meses

El otro día, Edurne Pasaban, 36 años ella, tuvo una reflexión: "Pensé que como tarde mucho en tener hijos, cuando quieran ir a la montaña no voy a poder ir con ellos, ni enseñarles nada". Por el momento, eso de la conciliación laboral no va con ella: "Es muy difícil tener familia cuando no paras un día en casa, pero cuando termine los catorce ochomiles me pondré a ello". Será su decimoquinto reto y quizás el más largo: "Me llevará nueve meses".