Atletas en el puente Verrazano-Narrows de Nueva York
Atletas en el puente Verrazano-Narrows, primer paso emblématico del maratón de Nueva York (REUTERS) REUTERS

Héctor de la Riva, 30 años, doctor en Química y clinical project associated -una especie de asesor- en Shire HGT -farmacéutica británica especializada en tratamientos con enfermedades genéticas-, no había corrido nunca. «Algo de bicicleta, algo de pádel,... poco más», dice.

Pero en 2008 se puso las pilas. «Dicen que correr viene con la crisis de los 30, cuando te replanteas tu vida. Pero en mi caso nada de nada», bromea. Su objetivo era otro: acabar el Maratón de Nueva York del pasado domingo. Cada semana, desde febrero y como mínimo, 40 kilómetros semanales de preparación.

Menos de cinco horas

La recompensa, más allá de la satisfacción personal -«siempre está ahí el orgullo del corredor»-, era social. De la Riva era uno de los 25 miembros del equipo HGT, una iniciativa a nivel europeo que recauda fondos para asociaciones de personas con trastornos genéticos poco comunes. «Cada integrante recauda dinero de proveedores, de clientes, de instituciones, de amigos... Hay gente que te da un euro por kilómetro, por ejemplo. Y ese dinero va a un un bote común con un compromiso de la empresa: aportar lo mismo de lo que se logre», explica De la Riva. Shire dobla, como máximo, hasta los 50.000 euros. A partir de esta cantidad se mantiene esa aportación.

De la Riva acabó el maratón en menos de cinco horas (4 h 51 min 49 seg): «El ambiente es increíble. Calles rebosantes de gente, personas repartiendo agua o bebidas, entregándote sales, cantando y bailando para animarte...». Pero en 42,195 km hay momentos para sufrir. «El muro me vino pronto: en una cuesta abajo muy empinada, sobre el kilómetro 26». Pero todo sea por los 21.000 euros acumulados por el equipo.