Con mucha ironía y un punto de verdad, se dice que el estadio de fútbol más grande del mundo está en Chile. Y más concretamente en la áspera región de Atacama. Del estadio El Cobre, el feudo del Cobresal, se cuenta tal cosa porque es imposible llenarlo. Y eso que su aforo actual supera por poco los 20.000 asientos. Pero El Cobre es el campo del nuevo campeón del fútbol chileno, un campeón inédito, y sucede que su aforo supera con creces el número de habitantes de la población donde juega. De ahí la consideración popular.

Hasta ahora, el gran (y único) título del Cobresal era la Copa de Chile de 1987, trofeo donde fue fundamental el delantero Iván Zamorano

El Club Deportes Cobresal es el equipo de El Salvador. Y El Salvador es el nombre de un poblado minero que nació a mediados de los años 50 en la región de Atacama con vistas a acomodar a la mano de obra empleada en las minas de cobre. En una zona con presencia minera previa, en un momento de bajón productivo y amenazas de cierre, la aparición de sus yacimientos vino a garantizar el trabajo para muchos habitantes. Y quizá de ahí venga el nombre una urbe que hoy en día no supera los 9.000 habitantes y que en sus mejores tiempos, en los 80, nunca superó los 16.000. Guarismos siempre por debajo del aforo del campo.

En un asentamiento joven los años 60 y 70 del siglo XX traerían consigo el desarrollo de estructuras sanitarias, educativas y recreativas. Y acaso como un broche de oro al proyecto urbanístico, tutelado por una empresa minera, vinculado erróneamente al brasileño Oscar Niemeyer y sí impulsado por el estadounidense Raymond Olson, llegaría su propio club de fútbol. Gestado durante la segunda mitad de la década de los años 70, nacido oficialmente en mayo de 1979, tras apenas 36 años de existencia se ha concretado su primer título liguero chileno, un Torneo Apertura que conquistó en la penúltima jornada gracias al empate del Universidad Católica con el Deportes Iquique y a su victoria sobre el Barnechea.

En los primeros años de vida, tras su primer ascenso, antes de los convulsos años 90, el Cobresal logró una clasificación para disputar la Copa Libertadores, la de 1986. El pase conllevó la reforma de su estadio para adaptarlo a la normativa de la competición. Nació entonces El Cobre tal y como es hoy, un campo donde mandan las gradas vacías por falta de almas. El promedio de asistentes, poco más de un millar, es el más bajo del fútbol chileno de Primera División e incluso varios de Segunda mejoran sus guarismos. Ni en la conquista del título logró colgar el No hay billetes.

El Cobresal es una quimera. Y una fuente de alegría para una población que asistía preocupada a la posibilidad del cierre de los yacimientos. Y un soplo de romanticismo en un fútbol donde mandan los intereses económicos. Romanticismo en Atacama. Pero es un fenómeno tan grande y universal que aún quedan resquicios para el romanticismo. Resquicios que se hacen fuertes en una región tan áspera y desértica como la de Atacama. La épica del balompié nos lleva hasta Chile.