Justin Gatlin, medalla de plata en los 100 metros.
Justin Gatlin, tras los 100 metros que le dieron la plata. EFE

Brasil no es país para dopados. Durante la primera semana de competición, el centro acuático de Río fue famoso, amén de las hazañas de Phelps, Ledecky y compañía, por las sonoras pitadas que se llevaban los nadadores sancionados por dopaje. A la nadadora rusa Efimova, una de ellas, se le saltaron las lágrimas ante la bronca de la grada y el desprecio de sus compañeros.

La situación se repitió este domingo en el pista azul de atletismo. Allí estaba Usain Bolt, el rey llamado a mantener a flote el atletismo mundial, con su habitual show repleto de guiños y sonrisas. Río lo ama. Y unas calles más allá, el villano Gatlin, su gran rival por el oro en los 100 metros y con un DNI manchado por el dopaje en dos ocasiones. El público no se lo perdonó, acompañando cada uno de sus actos con una sonora pitada. O disimula muy bien o a Gatlin le importó bastante poco.

Tras la carrera, se repitió la escena: delirio y focos para el tercer oro olímpico de Bolt en el hectómetro, sombra para Gatlin, que apenas abrió la boca para dedicar la plata a su pequeño.

Bolt no quiso abundar mucho en el asunto. "Me sorprendieron mucho los pitos a Justin, nunca había vivido algo así", dijo el astro jamaicano, bastante diplomático para lo que él suele con respecto al dopaje, Gatlin y temas similares. Era su momento y quería todos los flashes para él.