Núñez y Ronaldo, durante el partido de ayer
Unai Núñez trata de arrebatar el balón a Cristiano Ronaldo. EFE

Inmerso como anda en los quehaceres europeos que tanto le gustan, el Real Madrid sigue deambulando por la competición casera ofreciendo la misma imagen de tantos y tantos partidos: regular tirando a mala.

Ante el Athletic se repitió la secuela de tantas películas ya vistas en el Bernabéu: el rival que se adelanta pronto en el marcador y el Madrid que lo intenta con más inercia que puntería. Los de Zidane percutieron una y otra vez pero allí estaba Kepa, aquel que deshizo las maletas cuando ya tenía la tarjeta de embarque rumbo a la capital. Su partido fue inmaculado.

Al cuarto de hora llegó el gran sobresaltoo. El pase filtrado del Athletic entró por las cañerías de la zaga madridista y allí compareció Williams en franca ventaja y con tiempo para levantar la cabeza, observar la salida desesperada de Navas y meter la punterita entre césped y balón para mandarlo a la red.

El tanto enfrió aún más el escenario y Ronaldo intentó liderar la búsqueda del empate, bien escoltado por Lucas y Asensio. Todos ellos gozaron de media docena de ocasiones, más o menos claras, pero nada. De Benzema no hubo noticia, lo cual ya ha dejado de serlo.


Isco y Bale, dentro; Benzema y Asensio fuera

El panorama no cambió tras el descanso, y Zidane echó mano del banquillo para intentar remediar el mal trago. No hubo suerte, y si aún se mantuvo con vida en el partido fue por la ineficacia del Athletic, que marró una doble ocasión clarísima para embridar al duelo y llevárselo a casa. Enfrente, el equipo madridista apenas inquietaba.

Tocaba recurrir al último recurso disponible para las huestes locales, la anarquía. Suele resultar aquello del desorden y ante el Athletic también sirvió, gracias a un gol mitad chiripa mitad virguería. Disparó Modric desde la frontal y entre el bosque de piernas emergió el tacón de Cristiano Ronaldo para desviar el tiro del croata y convertir un saque de puerta en gol del empate.

No hubo para más, y tanto uno como otro se marcharon camino del vestuario con sentimientos similares: podían haber ganado, podían haber perdido y, al final, 'ni pa ti, ni pa mí'.