Sergio Henao
Sergio Henao, en el podio de una competición colombiana en 2016. nuestrociclismo.com en Wikipedia

En el último tramo del campeonato nacional colombiano de ciclismo en ruta, disputado el pasado domingo, Sergio Luis Henao debió acordarse del final de una carrera anterior, disputada hace cinco meses que ahora parecen cinco años. Los trazados eran similares en el perfil, montañoso, y en la distancia a recorrer, alrededor de 240 kilómetros. La principal diferencia, y ya es bastante, estribaba en las cantidades de agonía y gloria que había en juego. Hace cinco meses, en los Juegos Olímpicos de Río, Sergio Henao peleaba por una medalla que tenía por segura a diez kilómetros de la meta, sólo le quedaba por saber el color. Escapado junto a Nibali y Majka, los veinte de segundos de ventaja sobre el grupo de perseguidores se antojaban una renta suficiente.

Hasta que un fundido en negro interrumpió el sueño. La cámara de la moto perdió la señal y lo siguiente que supimos es que Nibali y Henao habían caído al suelo. Luego supimos más: doble fractura de clavícula para el italiano y rotura de la cresta ilíaca para el colombiano. Si olvidaron la suerte que corrió el fugitivo polaco se la recuerdo: esquivó como pudo a los heridos, pero no se recuperó de la impresión; sólo pudo ser bronce.

Un infortunio semejante deja secuelas psicológicas. Ocurre con cualquier accidente de graves consecuencias. La recuperación no es plena hasta que el paciente no deja de repetir el descenso en su cabeza, lamentando la caída o queriendo inútilmente corregirla. El proceso de superación es lento, pero se acelera saltando un obstáculo similar. Ese valor tenía para Sergio Henao el campeonato nacional de Colombia. Simbólicamente era como volver a tomar la curva por la que se despeñó.

El simbolismo, en este caso, lo es casi todo. Cuando asome el fantasma de Río, Henao recordará Bogotá. Es cierto que en el campeonato nacional no competían ni Nairo (en Abu Dhabi) ni Chaves (lesionado), pero los rivales importan poco cuando se corre contra uno mismo. El trofeo, además del oro que siempre reconforta, es vestir durante lo que queda de temporada el maillot con la bandera de Colombia, la misma que defendía cuando descarrilló en los Juegos.

Lo más probable es que Henao se luzca en la París-Niza, que arranca el domingo

La París-Niza, a partir del domingo, será la primera competición en la que veamos el nuevo uniforme del campeón colombiano. Y lo más probable es que lo luzca como merece, con profusión de primeros planos; en la pasada edición terminó sexto.

Lo cierto es que ya es hora de amigarse con el destino. Cumplidos los 29 años, Sergio Henao acumula más infortunios que victorias, en contra de lo que auguraban su talento y su fichaje por el Sky en 2012 (contrato luego extendido hasta 2018). Un atropello mientras inspeccionaba una contrarreloj le reventó una rótula en 2014. Necesitó ocho meses para recuperarse y lo hizo con la inestimable ayuda de una fisioterapeuta de nombre Carolina, su actual mujer y madre de su hijo Emanuel.

Su cuerpo le planteó otras dificultades. El mismo año de su atropello se pasó varias semanas en blanco hasta que la UCI dictaminó que las alteraciones de su pasaporte biológico podían tener un origen natural. El caso se repitió en 2016 y la resolución fue la misma. Por una vez, la explicación no resulta sospechosa: Henao nació y se entrena en Rionegro, una localidad de Antioquía a 2.080 metros sobre el nivel del mar, casi tan alta como la cima del Tourmalet. Tierras de brumas y glóbulos rojos.

Después de tanto penar, sería de justicia un poco de viento a favor. Tampoco un vendaval, bastaría con una leve brisa. Lo suficiente para mejorar sus resultados en la Flecha Valona (segundo en 2013), Vuelta al País Vasco (segundo en 2015 y 2016) , Giro de Italia (noveno en 2012), Tour (12º en 2016) o Vuelta a España (14º en 2012). De momento, el primer paso está dado. La curva de Río volvió a aparecerse en Bogotá y Henao ganó el oro. Con la cresta intacta.

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