Albert Bosch
Albert Bosch, tomando un caldito en la Antártida.

"Ahora no me echo hielo ni cuando pido un gin-tonic", bromea Albert Bosch, que acaba de regresar a casa tras su particular conquista del Polo Sur. Una durísima travesía de 67 días y casi 1.200 kilómetros a través de la Antártida que ha completado en solitario y sin ningún tipo de asistencia, el primer aventurero español en conseguirlo... y eso que no lo tenía planeado.

"Llevaba un año preparando la expedición con mi compañero Carles Gel, pero se lesionó en un tobillo cuando solo habíamos recorrido 35 km y me quedé solo", explica. Pero nunca pensó en abandonar: "No quiero ser fantasma, pero no se me pasó por la cabeza volver a casa. Eso sí, fue duro, porque la gente que lo intenta en solitario se mentaliza durante años y yo solo tuve 24 horas".

Al ser verano en el hemisferio sur, pillé días soleados y se estaba de lujo a -10 ºC

La cosa, claro, cambió por completo: "Tuve que cargar mi trineo con más peso porque Carles llevaba la tienda, las medicinas, etc. Al final arrastraba casi 140 kilos..., ¡y aún me quedaban 1.115 kilómetros por delante!".

Pero, poco a poco, Albert fue acercándose al punto más austral del planeta: "Caminaba unas diez horas diarias y no me tomé ninguna jornada de descanso. Solo avanzaba unos 30 km por etapa porque no utilicé asistencias. Hay expediciones que usan velas para aprovechar el viento y llegan a recorrer hasta 120 km en un día".

El viento fue, precisamente, su gran obstáculo: "Es el peor enemigo en la Antártida y sopla casi siempre. Complica mucho el ascenso hasta el Polo Sur, que está a 2.835 metros de altitud. Además, es el único sonido que escuchas. Una vez paró mientras dormía y el silencio fue tan absoluto que me despertó".

El frío no es tan problemático: "Llegué a estar a -44 ºC y a esa temperatura hay que tener cuidado porque te quema la piel en segundos, pero, al ser verano en el hemisferio sur, también pillé días soleados y estaba de lujo a -10 ºC. El sol no se llegaba a poner, tenía luz las 24 horas".

Charlar con su mujer le dio fuerzas para seguir en los momentos más duros: "Cada día llamaba a la base para mandar mis coordenadas por si necesitaba un rescate y luego a mi mujer. Ella me daba la vida. ¡Me enrollaba como una persiana!".