La luz de Fernando Carro o cómo salir del oscuro túnel olímpico... otra vez

Fernando Carro, en las pistas de la Blume
Fernando Carro, en las pistas de la Blume
Jorge París

A mediados de septiembre, caminando relajado por las pistas de la Blume, sin rastro de zapatillas, Fernando Carro parece de nuevo feliz. Al menos a ese trato ha llegado con su cabeza. Un ser de luz como él -así lo define su entorno por su carisma y perenne sonrisa- ha vivido entre penumbras durante el último mes, y hace varios años, precisamente cuando más iluminación necesitaba.

El principio. Carro vivía 2016 ansioso por su estreno olímpico en Río, soñando con un puesto en la final. No fue bien, y tras un curso superando lesiones, la cita brasileña lo llevó muy lejos de las posiciones privilegiadas y muy hondo en algo parecido a la depresión: "Llegué a pensar en retirarme, en si esto merecía la pena, me apagué durante un tiempo y creo que rocé la depresión, pero logré despertar".

Nudo. Fernando recuperó la chispa en 2017 y se propuso volver a lo bestia: "Desde los años siguientes entrené unos mil días y apenas descansé dos semanas. Y se notó, mejoraron los resultados, las marcas y no quería parar. Estaba en la cresta de la ola y llegué a la élite". Una plata en los Europeos de Berlín 2018, e infinitas victorias más, dan fe de ello.

Y así, reventando la cinta de correr que instaló en su casa para no perder la forma durante la pandemia, fue acercándose a lo que ya era una misión vital, los Juegos Olímpicos de Tokio: "Tienes que entender que para mí era mi vida, yo iba allí a morir, engañé a mi cabeza para que supiera que no volvería de allí. Durante los últimos entrenamientos que hice en Madrid logré marcas que me hubieran llevado muy alto. Nunca me había sentido mejor".

Triste desenlace. Más de 20 horas de viaje llevaron a Carro a su destino: "Durante el vuelo preferí dormir a estirar y cuando llegué estaba muy cargado de piernas, así que apenas troté un poco por la villa olímpica. A varios atletas les pasó lo mismo y se lesionaron en el primer entrenamiento". Llegó entonces el fatídico martes y las series: "Las iba haciendo muy tranquilamente, a ritmos fáciles y me noté un poco cargado, por lo que pensé en no hacer la última. Al final la hice, y cuando apenas quedaban 20 metros lo sentí, me cambió la cara y mi entrenador, Arturo Martín, me vio: 'Fernando no me jodas, no me asustes'. Yo pensaba que no sería nada".

Carro era de los primeros españoles en competir, ese mismo viernes, y todo se precipitó desde entonces, a peor: "Al día siguiente estaba cojo, no podía ni andar, pero cuando fui a hacerme pruebas el ecógrafo, que era prestado, tampoco era concluyente y apenas se apreciaba una rotura muy pequeña. Después, cuando volví a hacérmelas, los médicos se callaron de repente y señalaron algo. Eso ya medio muy mala espina. Después de la competición, la doctora del COE me confesó que tenía un boquete importante". Aún así, salió a competir.

No había nada que hacer, tampoco sería en Tokio, y el camino de Fernando hacia la salida de las semifinales olímpicas fue una tortura: "Sé que suena exagerado, pero sentía que iba al paredón, me iban acompañando varias personas y recuerdo que tenía una rabia inmensa, con ganas de llorar, apretando los puños. Yo venía a comerme los Juegos y antes de empezar ya sabía que me iban a comer ellos a mi".

Posdata. No hubo carrera, pues Fernando se retiró tras unos minutos, cuando la pierna dijo basta, y suplicó regresar a Madrid en el primer avión posible, derecho al túnel: "Durante varias semanas estuve entrenando solo, aislado, mientras el resto de atletas volvían y comentaban todo. Yo no quería escuchar nada". Un mes después, su pareja, la también atleta Clara Viñarás, le puso las cosas claras: "Me dijo: 'Te fuiste a Tokio el 22 de julio y todavía no has vuelto. Ya va siendo hora".

El chico de Vallecas casi ha vuelto y comienza a ganar la batalla mental: "Me digo que habrá mil carreras y que esto es solo deporte, porque yo lo que hago es muy banal. Solo doy vueltas a una pista de atletismo, ¿es eso tan importante?". Pero no es tan fácil, pues de vez en cuando, la maldita conciencia le despierta en sueños: "Es que aquel era mi momento".

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