Cosas que sólo pueden pasar en Mónaco: buzos al rescate, prostitutas a domicilio, un diamante perdido, el podio sin podio...

Schumacher y Alonso, en el GP de Mónaco de 2006
Schumacher y Alonso, en el GP de Mónaco de 2006
GILLES LEVENT / DPPI / AFP7 / EP

El Gran Premio de Mónaco es toda la Fórmula 1 resumida en un fin de semana. Este deporte se entiende muchas veces por lo que se ve cada año (excepto el pasado, por la situación sanitaria) en las calles del Principado, cuya peligrosidad aumenta exponencialmente en comparación con otras citas del campeonato, pero del que no se puede prescindir.

Este circuito ha albergado algunas de las carreras más legendarias de la historia, algunas trufadas con anécdotas que sólo podrían ocurrir aquí. Algunas de ellas conformaron la leyenda de pilotos de la talla del mismísimo Ayrton Senna, pero también la de Michael Schumacher o Fernando Alonso. No en vano, Mónaco es una de las tres puntas de la Triple Corona del automovilismo.

La propia ceremonia del podio aquí es distinta: se hace en las escaleras del Automobile Club de Mónaco y no en un podio como tal. El motivo es puramente protocolario: la familia real monegasca, cuya cabeza es ahora mismo Alberto de Mónaco junto a su esposa, la princesa Charlenne, no pueden estar situados por debajo de nadie, y eso incluye a los pilotos.

Esta es sólo una de las peculiaridades de un circuito en el que, pese a que no se suelen ver muchos adelantamientos (Juan Pablo Montoya ganó aquí en 2003 sin ningún rebasamiento en pista) con mucha historia.

Los buzos, al rescate

El transcurrir en plena bahía no sólo hace que los yates se conviertan en improvisadas discotecas antes, durante y después de cada Gran Premio, sino también obliga a que existan unos comisarios un tanto particulares: los buzos.

La Marina monegasca se encarga de prestar a algunos de sus agentes para que, embutidos en neopreno, estén vigilantes en caso de un accidente que, hoy en día, es harto complicado que pase, pero sí en el pasado. El legendario Alberto Ascari acabó en el agua en 1955 y salvó la vida gracias a que le rescataron, por citar uno de los incidentes más serios.

Menos suerte tuvo Lorenzo Bandini: murió a causa de las heridas que le provocó el incendio de su coche en 1967 y, desde entonces, no se usan balas de paja para limitar las chicanes. Otros tiempos, otros riesgos.

Carreras caóticas: 1982, la carrera que nadie quería acabar

La dificultad del circuito de Mónaco se multiplica exponencialmente cuando llueve. Hay innumerables citas aquí que se resolvieron antes de tiempo y en situaciones de agua, propiciando finales inesperados o, cuando menos, imposibles de prever.

De todos ellos, la cita de 1982 se lleva la palma. Las tres últimas vueltas tuvieron de todo, incluidos cinco líderes distintos. Empezó Alain Prost, pero se chocó bajo la lluvia; media vuelta después, trompeó Ricardo Patrese y dejó la cabeza de carrera a Didier Pironi, que ya llevaba su Ferrari sin morro por un toque con el muro... pero no le duró mucho: se quedó sin gasolina en medio del túnel. Andrea de Cesaris se vio primero en la recta final de la prueba, pero tampoco la ganó: también se quedó sin combustible. Derek Daly, al que sólo le quedaba medio alerón delantero, tampoco ganó por rotura de caja de cambios y cuando parecía que iban a ser los Lotus quienes ganaran... Patrese arranca su coche y consigue llevarse la victoria. Fue el único en completar la carrera.

Sin ser tan bestia, la cita de 1996 fue similar: acabaron sólo cuatro pilotos bajo la lluvia, de los cuales el primero fue Olivier Panis para lograr su primera y única victoria en Fórmula 1.

El 'nacimiento' de Senna, el cohecho de Ickx y las prostitutas: 1984

Si hay una carrera que, posiblemente, cambió la historia de la Fórmula 1 contemporánea fue la de Mónaco en 1984. Aquel día, en palabras del por entonces comentarista (y campeón del mundo de 1976) James Hunt, "había nacido la figura de Ayrton Senna".

Fue un fin de semana caótico, que empezó con el accidente de Martin Brundle en los libres. Aunque volvió corriendo a boxes para coger un coche sustituto (el llamado 'muleto', que desapareció hace unos años), no le permitieron volver a salir a pista porque había sufrido una contusión: no se acordaba de cómo había llegado desde el lugar del golpe.

Después de una pole de Alain Prost (primera de McLaren con motor TAG-Porsche), empezó a jarrear con fuerza lo que derivó en problemas de los de delante... mientras por detrás un imberbe Ayrton Senna al volante del Toleman (antecesor del actual Alpine) iba quitándose rivales uno tras otro, en una de sus actuaciones más legendarias. 

El rey de la lluvia llegó a adelantar al propio Prost en la vuelta 33, pero el francés llevaba unas cuantas agitando los brazos para que se parara. El expiloto Jacky Ickx, director de carrera entonces, la detuvo... pero por normativa se dio por buena la clasificación de la vuelta 32, con lo que el ganador fue Prost y no Senna. Ickx fue apartado de su cargo tras este Gran Premio, acusado de haber favorecido a McLaren porque tenía intereses: además de ser director de carrera, era piloto de Porsche en sportprototipos.

Aquel año, Niki Lauda ganó el Mundial (el tercero y último en su cuenta particular) por sólo 0,5 puntos sobre Prost, en parte porque en esta carrera sólo dieron la mitad: si Ickx hubiera dejado continuar la prueba y el francés no hubiera acabado, como parecía, quién sabe.

Otra anécdota, que se pierde en la bruma entre la realidad y la leyenda, de este Gran Premio ocurrió fuera del circuito: cuentan que Lauda contrató un grupo de prostitutas para enviarle a Prost, que era su compañero en McLaren, a la habitación. El francés pasó la noche con ellas y a la mañana siguiente estaba mucho más cansado de lo que debería.

La mejor vuelta de la historia: Mónaco 1988

Ayrton Senna es el protagonista de una de las imágenes más recordadas de la historia de la Fórmula 1 gracias a su pole en el GP de Mónaco de 1988. Posiblemente, la vuelta más perfecta realizada nunca en este circuito.

Cuando Senna recordó esta clasificación (le metió segundo y medio a Prost con aquel legendario McLaren MP4/4), afirmó que perdió la consciencia y tuvo una experiencia mística. "Vi a Dios, no lo sé explicar. Le ví", admitió después.

Al día siguiente, en la carrera, cometió un trompo y se quedó estrellado a la entrada del túnel. Nunca se lo perdonó.

El diamante perdido... ¿o robado?

Al ser Mónaco una carrera tan especial, muchos equipos eligen decoraciones especiales para conmemorarlo. Red Bull lo hizo varias veces: desde vestir a sus pilotos y mecánicos como soldados imperiales de Star Wars con motivo del estreno de una de sus películas hasta disfrazar a su jefe, Christian Horner, de Superman y tirarle a la piscina tapado sólo con la capa del hijo de Krypton. 

Peor le salió la idea a Jaguar, cuya genial promo de 'Ocean's Twelve' conllevaba colocar un diamante de 300.000 en el morro de sus monoplazas.

La idea les salió cara: Christian Klien salió a carrera con la joya engarzada en la nariz de su coche, pero un accidente (que en Mónaco son relativamente comunes) le obligó a abandonar. 

Cuando recogieron las piezas del coche, el diamante no estaba. Nunca se supo si acabó en el mar, en la alcantarilla, en el bolsillo de un comisario muy avispado... o en la mente calenturienta de un publicitario: ¿qué mejor manera que hablar de una película de ladrones que con el robo de un diamante?

El aparcamiento de Schumacher y la ira Alonso

Fernando Alonso tiene uno de sus grandes momentos, aunque no para bien, aquí. En la edición de 2006 vio cómo las malas artes de Michael Schumacher (su rival) le privaban de la pole porque el alemán provocó una bandera amarilla. Literalmente, aparcó su Ferrari en la Rascasse, impidiendo que el español mejorase su tiempo.

El enfado de Flavio Briatore, jefe de Renault, y del propio Alonso por semejante acción fue mayúsculo, con amenazas incluso de no tomar parte de la carrera. Entre otras cosas, dijeron que Ferrari era el equipo más tramposo de la Fórmula 1 y que la FIA estaba en connivencia con ellos. 

Cuatro años después, Alonso era el líder de Ferrari.

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