Carlos Sainz, el 'señor Lobo' que necesita Ferrari para salir del pozo en 2021

Carlos Sainz, durante los test de Bahréin
Carlos Sainz, durante los test de Bahréin
Scuderia Ferrari Press Office

A estas alturas de 2020, Carlos Sainz se encontraba en Madrid, ya confinado, después de la pifia de la suspensión del GP de Australia. Quién le iba a decir que un año después en su pecho luciría el escudo más legendario de la historia de la Fórmula 1.

Sainz ya empieza a sentirse piloto de Ferrari. No es fácil estar metido en esas hechuras, y menos cuando su arribo ha sido después de la peor temporada de la Scuderia desde 1981. Y eso es mucho decir. Aceptar el reto de ir a Maranello cuando las aguas están calmadas implica una enorme valentía, pero hacerlo cuando vienen bravas, es casi temerario.

Mattia Binotto, que salvó el cuello en 2020 Dios sabe por qué, fue uno de los principales activos que apostó por Carlos Sainz, después de ver lo que había logrado en McLaren. Aunque entre bambalinas ya se había empezado a considerar su nombre a futuro, las urgencias en las que se metieron ellos mismos después del portazo a la continuidad de Vettel obligaron a adelantar una decisión que iba a ser más adelante. Todo se puso de cara para las negociaciones, incluido el OK de una McLaren que se resignó hasta cierto punto tras la espantada de su líder al saber que Daniel Ricciardo se quedaba libre. 

Cuando Sainz llegó a McLaren se encontró un equipo en medio de una reestructuración, con un Andreas Seidl que se hizo cargo de la jefatura del equipo a mitad de año, un James Key que no pudo desarrollar sus diseños hasta la segunda campaña y un Lando Norris novato con más ganas de despuntar que paciencia para hacerlo. En su primera temporada con ellos, Sainz acabó de quitar de encima el polvo que había dejado la explosiva relación con Honda en McLaren y recuperó el orgullo para un equipo que sabe lo que es ganar.

Fue, como Harvey Keitel en la puerta de la casa de Quentin Tarantino, el hombre que resuelve problemas. Con trabajo, paciencia y un poco de colmillo cuando hacía falta, Sainz dejó McLaren en modo velocidad crucero y ahora será responsabilidad de otros llevarlo al puerto de la victoria.

Correr para la 'Familia'

Tras pasar por Toro Rosso, Renault y McLaren, Carlos Sainz aterriza en el único equipo en el que sólo importa el equipo. Es infinitamente más grande que todos los pilotos que han tenido, desde el mismísimo Juan Manuel Fangio hasta Michael Schumacher, pasando por Alain Prost, Nigel Mansell, Fernando Alonso o Sebastian Vettel. Todos ellos llevaron en su escudo el caballo rampando sobre el fondo amarillo de Módena, pero no todos salieron bien de allí.

Sainz llega a un equipo que es una familia, y eso no siempre es positivo. Lejos de la maquinaria perfecta que es McLaren, la idiosincrasia de Ferrari es el caos, casi como un ente con vida propia en la que son capaces de lo mejor y lo peor en un mismo fin de semana.

Tendrá a su lado a Charles Leclerc, que primero será su compañero, luego su rival y después, quizá, su amigo. La juventud de ambos y una aproximación a la competición mucho más sana que en generaciones anteriores les garantiza, al menos de entrada, una buena relación personal. Al menos de respeto.

Si el Ferrari mejora como está previsto, tanto Sainz como Leclerc se verán en pista pugnando por posiciones mucho más altas que en 2020. Ya se las tuvieron cuando el español quemaba etapas con McLaren y ambos saben que, como dos mastines, son nobles pero fieros. Si tienen oportunidad de marcar territorio, lo harán... siempre que recuerden que ambos corren para Ferrari y ganan para Ferrari.

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