Por ahorrar un berrinche

Todos hemos tenido algún mal día. Ayer mismo lo tuvo una concursante del reality que vemos por las tardes -algunos por obligación, otros no tanto- en la redacción; tan torpe estaba la pobre chiquilla que uno de sus profesores de baile decidió dar la clase por concluida antes de tiempo.

A la que suscribe le gusta pensar que tienen un mal día los conductores de autobús cuando no devuelven el saludo, los amigos cuando se toman a mal una broma y los hombres cuando no aprecian sus (múltiples) encantos. Como mínimo, le sirve para ahorrarse un berrinche.

Y para ahorrarse un berrinche se convenció, tras asistir a una función de Llama un inspector, de que quienes en ella trabajan tenían un mal día. De ningún otro modo podría explicarse que a los actores se les atragantase un texto que han interpretado durante meses, que Paco Valladares se repanchingase mientras daba vida al incompasivo pero ilustre Arthur Birling y que Concha Cuetos estuviera sólo elegante como Margaret.

De no ser por un mal día no se entendería que el personaje de Sheila pareciese igual de afectado durante toda la representación... y eso a pesar de que un vestido demasiado ceñido, y cuyos adornos hacían un constante ruidito, funcionaba como eficaz elemento de distracción.

El dramaturgo inglés J. B. Priestley sólo empleó una semana en escribir su obra más conocida, An Inspector Calls, en el invierno de 1944. Por no haber teatros disponibles en Londres, la pieza se estrenó, con gran éxito, en Moscú. El montaje en español que dirige Román Calleja se representa en el madrileño Teatro Reina Victoria hasta el 19 de marzo.