Preguntas de ‘imigranta’

Colas ingentes en los consulados, mogollón de noticias con lo que debe hacerse para formar parte de la ciudadanía de este país. Y, claro, no puedo resistirlo. En mis conversaciones con mujeres emigrantes me voy al país de la vida cotidiana. Esa que queda muy lejos de la cantidad de complicados parágrafos de las leyes y las informaciones periodísticas que las reinterpretan dejándolas desconocidas. Como cuando se decía que quienes emplearan servicio doméstico por un mínimo que sumara 30 horas repartidas, habían de convivir un mínimo de 12 horas.

Aun sin tener problemas de comprensión idiomática, reconocerán que es un texto de difícil digestión. Más allá de estos laberintos, ellas preguntan sin recibir contestación. ¿Qué pasa si a mi marido lo aceptan y a mí me deniegan el permiso? ¿Y si es al revés? ¿Y mis hijos? Estos niños y niñas que ya están escolarizados aquí, que no conocen nuestro país de origen, que sólo hablan el idioma de aquí, que sus amistades están aquí, ¿tendrán que irse? ¿Podrán quedarse? Y mientras llega el permiso ¿puedo ir a ver a mi familia, podré volver a entrar? Angustias que hacen vivir en situación límite.