Lo malo de los trasvases

La primera vez que sentí lo que significaba la guerra del agua fue durante la anterior sequía, en 1993, en Tragacete ( Cuenca). Estábamos allí unos amigos haciendo excursiones en bicicleta y fuimos a quejarnos a la encargada del hostal de que nunca había agua caliente.Le sentó muy mal y soltó la siguiente perla: «¿De qué os quejáis vosotros, que nos queréis robar el agua?». Días antes, el Gobierno había aprobado, como ahora, un trasvase de agua del Tajo al Segura que soliviantó a los castellano-manchegos, con su populista presidente Bono a la cabeza. Es lo que tienen los trasvases, que una vez construidos eternizan el debate entre comunidades autónomas y crean mala sangre entre vecinos. Y más aún cuando la cantidad de agua que se va a trasvasar la deciden técnicos en la materia cada año, salvo que haya una sequía como la de 1993 o  2005. Entonces, incomprensiblemente, dejan la decisión en manos de políticos como la señora Narbona. Y pasa lo que pasa.