Debate a diario

En mi casa todas las noches tenemos debate. A la hora de cenar, sin televisión ni radio que nos interfiera, los cuatro miembros, sin gráficos ni moderador, dialogamos en igualdad de condiciones, respetándonos el turno de palabra. Puede que alguno tenga mala cara un día, pero no llegamos a imaginarnos que alguno de nosotros esté permanentemente cabreado. Tampoco aceptamos la negativa por sistema. Todos hablamos y, en aquellos temas que lo requieran, buscamos la mejor solución posible, comprometiéndonos, ya por escrito y con los tiempos establecidos, para mejorar la convivencia. Procuramos practicar el respeto al que piensa diferente, aunque de puertas para afuera -sobre todo en algunos lugares donde el debate se rehúye por el imperio del pensamiento único- muchas veces conlleve guardar silencio. Ya sé que mi familia es distinta a la del ordeno y mando de tiempos pretéritos, pero hasta en los añorados Reyes Católicos ya se empezaba a decir aquello de «tanto monta, monta tanto».