Mi cortijo

El cortijo es algo muy nuestro, una institución casi feudal. Y eso parecen algunos ayuntamientos, a tenor de las corrupciones malayo-totaneras.

Cuando un gobernante-gestor se aposenta mucho tiempo en el trono, se cree que está en su casa. Se le olvida que le pagamos todos y que en cada decisión que toma nos van los dineros. Y que los dineros no son de un alcalde ni de su grupo político, ni siquiera de la Casa Consistorial. El dinero es de nuestros impuestos. Algunos se montan un «todo para el pueblo pero sin el pueblo», que se queda fuera del cortijo y las prebendas; que ni pincha ni corta.

Qué penita, con la manía que nos tienen por ahí fuera. Esto no lo arregla ni Mr. Proper. ¿Solución? Quizá limitar por ley los años en el poder y establecer auditorías continuas en los papeles de la Administración. Esto se le habrá ocurrido a más de uno, pero aplicar medidas de este tipo es altamente impopular. Ergo, hay formas de mantener el cortijo limpio, lo que no hay son cojones, o fregonas.