Donatella en la ventana

Donatella tiene un cuello largo y una ventana. Una cosa no quita la otra. Mírala asomada al exterior. Su silueta recortada en el marco, su pelo recogido, sus ojos tristes vagando sin rumbo por el laberinto dorado del jardín (vagando metafóricamente; los ojos los sigue teniendo pegados a la cara, porque si no qué susto).

Donatella mira la hiedra que cubre el pórtico de su mansión con un encogimiento en las cervicales. El palacio de las buganvillas grises ya no se perfuma cuando la dama de noche se abre al balcón. Ya no resuenan el bisbiseo del abanico y el eco de los tacones que pespunteaban chachachá. Donatella ya no flota con las hojas del otoño mecidas en el aire. Ha perdido la ensoñación. Sus labios finos desdibujan su firmeza. Recoge su collar de perlas y suspira.  El mascarón de proa de su orgullo se ha ido a pique como un soplón lastrado por los pies. Los personajes decimonónicos se sofocan por estas cosas. Alguien había tirado una lata de cerveza en su jardín.