Nana de la flauta

Érase una vez un peatón muy delgado que subía la avenida con unos zapatos que atraían a las flautas. Todas las flautas que hubiera alrededor salían volando de las manos de quien las estuviera tocando e iban a parar a los botines mágicos del hombre Boti flautico. El hombre Boti flautico cuando llegaba a casa llevaba prendidas a las botas docenas de flautas y se las despegaba con una cuchara.

¿Y qué hacía con tanta flauta? «¡Relojes de  arena de flauta!». Frío, frío. «¡Nidos de flautas para cigüeñas flamencas!». Caliente caliente. «¡Sopas de flautas para ogros Comesopaflautas!». ¡Que te quemas! Al ogro Comesopaflautas le chifla la sopa de flautas y con los bigotes filtra las notas musicales que quedan en ellas. Si una melodía se interrumpe, los acordes se quedan atrapados en las flautas, y gracias al bigote filtrador se pueden oír. Sólo hay que introducir, si el ogro te deja, las puntas de su bigote por las orejas. Y así oyendo las flautas, cierra los ojos, do, re, mi, a dormir, do, re, mi…