Al hilo del caso Arroyo

Es una gran ilusión pensar que, en nuestro sistema, la clase política y la clase judicial puedan entrar realmente en conflicto. En realidad, lo suyo no es más que una división del trabajo en el interior de una casta que practica en sí misma un simulacro de purga cuando en realidad lo único que busca es hacer un poco de hueco para volver a pegarse el atracón.

El señor alcalde de Arroyo, pero sobre todo su abogado el señor Gómez de Liaño, lo explican la mar de bien. Ahora resulta que las presuntas ilegalidades las cometieron, precisamente, aquellos que tenían la responsabilidad de denunciarlas.

Oh, señor, ¡qué gran colada! Está visto que en esta nuestra comunidad, algunos políticos han de ser blanqueados como el dinero negro.

Es decir, están obligados a someterse a un buen lavado de reputación  tal y como se lava la sangre antes de volver a reinyectarla. El drama es que nuestra democracia, la pobre, tiene el sistema arterial hecho cisco. No admite más transfusiones de ésas.