¿Oiga? ¿Alo? ¿Quién es?

Fernan es mala persona. Yo no lo conozco, pero seguro que lo es. Así lo cree Marta, a quien tampoco conozco. Marta era la interlocutora de esa chica que el sábado viajaba justo en un asiento una fila más atrás que el mío, en un autobús público de larga distancia.

En media hora, asistí, escuché, sin otro remedio (no llevaba casos para música), su conversación ¿privada? Sólo faltó algún dato escabroso para animar la escucha. Al principio, hasta era interesante, pero media hora... Una mala persona ese Fernan. Por su culpa no pude dormir en el trayecto, ni leer.

Y tampoco se puede apelar a ninguna ley que prohíba explayarse por el teléfono móvil en un autobús público y rodeado de gente. Habrá quien diga: no prohibir, mejor aplicar el sentido común, ese sentido que a algunas personas no les impide airear sus desamores a viva voz mientras los demás sentimos cierta vergüenza ajena. ¡Bien hecho, Fernan!