De mis vicios digitales

No aprendo. He vuelto a caer este verano en las garras de una plataforma de televisión de pago. Y lo peor es que no me arrepiento en absoluto... todavía. Me he quedado pegado, por ejemplo, al Canal de Historia: batallas épicas, guerras insólitas, biografías de espanto... Los documentales y reportajes de este canal son, sobre todo, entretenidísimos.

Otra cadena de las que me ha enganchado –esto era más que previsible– es la Fox. Me cuesta trabajo desprender de mi mente la idea de que el dueño de esta tele es quien es, pero en fin. House, Me llamo Earl, Entre  fantasmas... son algunos de los sabrosos condimentos que ponen en la parrilla. También me he divertido con la reposición en Paramount Comedy de la añorada serie Siete vidas.

Me he vuelto a colar en el bar de Gonzalo Montero y me he tomado algunas cañitas con Sole, Aída y Sergio. Pero si algo me ha crispado un poco son los tropecientos canales de dibujos animados malos, malos, que hay en la tele de pago.