La magia de las cosas

Tengo un amigo que no puede pasar conduciendo por La Alameda Principal sin pararse a un lado con la moto o el coche y ponerse a escribir. Dice que no sabe muy bien qué es lo que le inspira, que no es en particular ni la belleza de los ficus de sombra, ni el colorido imposible de las flores de los puestos ni el trajín de las paradas de autobús. Tampoco tiene que ver con el tiempo que haga.

Me ha enseñado textos escritos en días soleados o en fastidiosas mañanas con lluvia. Él afirma que, en la Alameda Principal, la lluvia tiene otra caída, será la bóveda verde. Yo, la verdad, no me había fijado.

A veces me pregunto qué es lo que hace que nos identifiquemos con la ciudad en la que vivimos. Por qué se nos clava en los ojos, en el alma, una determinada calle, un paseo, una plaza, y es lo primero que nos viene a la cabeza cuando evocamos la ciudad. Mi amigo es una persona sensible, tal vez sería más lógico que le gustase el entorno de la Catedral, que por lo menos es silencioso y romántico. Yo al menos lo prefiero. Pero no; le gusta La Alameda. Incluso de un atasco de tráfico es capaz de sacar literatura.

Incluso cuando están puestas las sillas para Semana Santa se le enciende la bombilla, y es capaz de escribir un cuento a cuenta del ruido que hacen cuando las pliegan por la mañana: plas plas plas. Yo creo que a mi amigo le gusta la Alameda porque el intenso trajín de viandantes le permite fijarse en una mujer que pasa fugazmente, en un hombre que de pronto desaparece, y ése es el misterio de la ancha avenida embovedada de árboles.

Que, aunque los puestos de flores sean los mismos, aunque las obras ya formen parte del paisaje, aunque las paradas de autobús permanezcan, de un instante a otro se vuelve distinta.